A Cova da Paralaia

 

 

 

El monte de A Paralaia está plagado de tesoros y de encantos, de moras y moros que aparecen y desaparecen, de piedras con pilas que se llenan y se vacían con la marea.

La Pedra do Mediodía, que está hendida, son dos hijas del rey de Provenza.

El mozo que les quiso hacer el favor de desencantarlas se asustó cuando se transformaron en dos serpientes enormes, y, al decir:

¡Válgame la virgen del Pilar!, dejó el trabajo a medio hacer.

No se sabe dónde estaba la Cova da Paralaia (cueva de A Paralaia).

Hay testigos que la describen como de amplia entrada, unos dos metros de altura, dos escalones de bajada y amplio recibidor abovedado en el que confluían cuatro o cinco galerías.

Para hacerse rico, hay que entrar en ella a las doce de la noche de San Juan.

Saldrá entonces una vieja mora con su manto de oro. Diciéndole "Pipar do saco" ("Pimplar del saco"), lo da todo.

Esa misma noche, a la misma hora, se peina a la vista una princesa mora que también puede dar tesoro.

Como también lo da el moro encantado que vive allí si se hace lo que manda.

Hay que ir por la mañana temprano y llevar un saco.

Él saldrá en figura de cobra y hay que meterlo en el saco.

También se cuenta que en el año 1895 llegó un moro a la puerta de la dueña del pazo de O Rosal y pidió prestado un carro con sus bueyes y dos criados, pues tenía que ir a la cueva de la mora Paralaia.

Solamente entró el moro en la cueva. Llovió, tronó y a la media hora salió el moro con una figura de santo al hombro.

La pusieron en el carro y la llevaron hasta la playa de A Xunqueira.

El moro se puso encima de la figura del santo y desapareció.

Justo un año después recibió la dueña del pazo un paquete con un pañuelo de seda roja y unas letras, muy agradecidas por todo, invitándola a que pusiera el pañuelo donde más le complaciese.

La dueña del pazo, la señora Mona, lo puso, por velo, en un nogal, pero al día siguiente el árbol desapareció.

Desde la Cova da Paralaia se puede ir por subterráneo hasta Meira, hasta Darbo o a la Cova de A Lontra en Tirán.

Allí, a los huecos de las peñas, llega el agua del mar cuando sube la marea, lo que aprovecha una princesita mora, muy bonita, de largos cabellos dorados, vestida de blanco con su palangana y su peine de oro para el aseo. Quien le tire una piedra y le haga sangre, tendrá mucho oro.

 

 

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