Para este viaje educativo no hacían falta tales alforjas

 SALVESE QUIEN PUEDA - Fernando Franco. Faro de Vigo. 29/1/2006

   Para este viaje, hacían falta tantas alforjas? ¿Tanta inversión en las aulas, tanta sustitución de modelos autoritarios y verticales por otros más democráticos y horizontales, tanto tutor, tanto tú en vez de usted, tanto nuevo plan educativo, tanta pedagogía de laboratorio, tanto psicólogo escolar, tanta buena voluntad paleoprogre, tanta lucha contra la masificación en las clases... para llegar a una escuela desmoralizada y rendida en la que aumenta el fracaso escolar, la estulticia estudiantil, los casos de indisciplina, de acoso, de violencia incluso contra los profesores? Cierto que nuestra sociedad es mucho más compleja y que no se puede simplificar burdamente pero, si cualquiera de estos adolescentes privilegiados que sólo conocen la blandenguería, delicadeza de trato y tolerancia rayana en la indiferencia de la enseñanza gratuita actual, se sienta en un pupitre de la España de sus padres o abuelos, sufriría uno de esos traumas psíquicos altisonantes que ahora nacen como esporas en estas sociedades de la abundancia, curiosamente inexistentes en las que se pelean por cosas como poder comer.

   Noticias de ayer.  La Xunta expedientó a 900 alumnos por indisciplina el pasado curso; la Asociación contra el Acoso Escolar recibió unas 400 llamadas de padres gallegos; un niño francés intenta estrangular a su maestra ante el aplauso del resto; quince alumnos belgas golpean a un profesor y le dejan inconsciente...

   ¿Es que hay más violencia o se publica más? Ambas cosas pero, si bien no podemos convertir en categoría lo que sólo hace una parte insignificante, tampoco debemos considerarlo una anécdota; más bien, reconocerle su carácter de síntoma. Hoy un profesor no puede con los chavales, un padre no se atreve a marcar pautas a su hijo... Puede que haya una dejación en lo doméstico y académico y que se le pase la pelota a los poderes políticos, pero... ,

  Pero basta ya también de que padres y profesores tiendan a aplicarse ese estigma de la autoculpabilidad propia de un viejo intelectualismo progre y diletante según el cual estos adolescentes superprotegidos son víctimas infinitas de la incompetencia y maldad paterna o profesoral. A lo mejor, lo son de su renuncia a la autoridad y al establecimiento de mínimos e inviolables marcos de conducta cuya transgresión les exigiría un sentido de culpa y una consciencia de expiación.

 

   Hemos pasado de una moral represiva a unas prácticas desrepresivas en base a la romántica idea de que todo lo que nos apetece debemos realizado y ese eslogan de vivir sin límites queda bien para título de una película pero es una necedad: aceptar los límites  no es represión sino posibilitar la apertura de la historia humana. El caso es que toda esa publicidad o imaginería actual que propone un baño narcisista a los jóvenes no hace más que alentar sus delirios de omnipotencia. Y la educación es displacer, no concesión continua, no tolerancia infinita y no balneario lúdico. Aquí hace falta una moral de combate.

 

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