Según
García, basta con encender la televisión para entender qué sucede en las
aulas. Los insultos y la violencia verbal son habituales en la pantalla.
"Una de las principales tareas de los profesores es proteger a unos
alumnos de otros." Afortunadamente, la sensibilidad sobre este tema es
cada vez mayor. Tras el caso de Jokin, el chico vasco que se suicidó
porque no podía soportar el maltrato de sus compañeros, salieron a la
luz otras situaciones similares de "bullying" (acoso físico y moral).
Hace apenas veinte días, una familia de Mollerussa (Ueida) denunció que
su hijo de 14 años había intentado quitarse la vida porque no soportaba
el acoso continuado de otros estudiantes.
Las agresiones a
los profesores también existen y aumentan. "Nosotros estamos
acostumbrados al maltrato psicológico. La violencia verbal prolifera en
las aulas. Los alumnos a menudo la consideran un modo de relación
normal. No la ven como lo que es: una agresión."
La esperanza de
Eduardo García es que el debate surgido a raíz de los malos resultados
de España en el "Informe PISA" -en el que se comparan los sistemas
educativos de 41 países- sirva para que también se hable de los
problemas de autoridad en los centros.
"Venimos de una
educación represiva en la que los maestros ejercían violencia física
contra los alumnos. Mi generación también la padeció y no sentimos
ninguna nostalgia por aquellos métodos", explica este profesor; que se
define "de izquierdas". García cree que el "trauma franquista" ha hecho
que la gente rechace la palabra autoridad, y ahora los profesores se
encuentran con que les faltan recursos para hacer que un alumno les
obedezca en algo tan básico como pedirle que no boicotee sus clases.
Charlar ha sido de
gran ayuda para García, quien, pese a su don de gentes y su batería de
recursos, admite que en alguna ocasión ha tenido que enfrentarse a
clases especialmente duras: "Ahora que lo pienso, creo que me siento
mejor desde que empecé a salir con los compañeros a tomarme una
cervecita después del trabajo. Supongo que es algo parecido a una
terapia de grupo". Y a la formación continuada, pues hablando entre
ellos no sólo se desahogan, también se aconsejan estrategias para
apaciguar a su alumnado y, algo más difícil, "motivarlo".
Precisamente,
la
palabra "motivar" produce urticaria entre ciertos sectores del
profesorado, aquellos que preferirían recuperar el concepto del
"esfuerzo" . Durante los últimos años, los alumnos no tenían que aprobar
para pasar de curso. Lo hacían automáticamente. Eso ha tenido
consecuencias de diferentes tipos.
Para empezar; ha
hecho que un alumno pueda recibir clases de temas para cuya comprensión
necesitaría una base mínima de la que carece, porque no pudo asimilarla
en cursos anteriores. Con los años, esas carencias crecen y, al verse
incapaz de adquirir los nuevos conocimientos, el joven "desconecta" y
deja de seguir el ritmo de la clase. En estos casos, suele reaccionar
básicamente de dos modos: aislándose o empleando el tiempo en
incordiar al resto del grupo. "Hemos malcriado a estos chavales entre
todos. Queríamos ahorrarles el fracaso y hemos acabado convirtiéndolos
en unos fracasados", explica la profesora Yolanda Castillo.
Pasar de curso
sin hacer nada especial para conseguirlo también provoca que "cueste
mucho hacerles entender que deben esforzarse para aprender tanto las
materias que les gustan como las que aborrecen", asegura Ángel Martínez,
un profesor de Latín que no se cansa de repetir a sus alumnos que "en
esta vida se hacen muchas cosas sin ganas, pero no lo entienden".
Actualmente todo
tiene que ser lúdico y divertido, y los chavales no entienden que la
escuela no lo sea. "Desde luego, yo no me voy a poner a hacer el mono en
clase para explicarles el nominativo", agrega Martínez. e ironiza al
decir que en la actualidad tiene que competir "con el mismísimo Sardá".
La pregunta es
"¿cómo se puede estimular a un estudiante para que hinque los codos
cuando los personajes que triunfan son los que más gritan o los que
venden su intimidad?", lamenta el profesor de Filosofía y Ética Eduardo
García. "Las clases medias y bajas ya no ven la necesidad de estu. diar
y han dejado de inculcársela a sus hijos como hacían décadas atrás."
Martínez
comparte esta visión: "Antes, el estudio era una forma de promoción
social, la única vía por la cual uno iba a lograr lo que sus padres no
tenían". Eso ya no es así. Los adolescentes actuales ven que sus
hermanos mayores, con dos carreras y algún que otro máster. apenas si
llegan a final de mes. Esa tesis queda perfectamente explicada en el
libro "Guapos y pobres" (Ático Ediciones), donde el publicista Alfredo
Ruiz, de 29 años, describe las penurias económicas de la generación
mejor formada de la historia de este país.
El "Informe Juventud 2004"
también
mostraba que el 63,7% de los jóvenes españoles considera que su trabajo
no "está nada relacionado con sus estudios". Otro 14,3% decía que lo
estaba "poco". Tal vez eso explique en parte que los padres actuales no
se preocupen demasiado de que sus hijos hagan los deberes. Eso es lo que
opina el 80% de los profesores entrevistados por IDEA. "Cuando el niño
llega a su casa parte del principio de que no tiene nada que hacer y no
hay nadie que le diga, que le pregunte si tiene alguna tarea pendiente.
Yo he tenido alumnos que se me han encarado porque decían que en la Logse no hay deberes", asegura García.
Asimismo, según el
estudio de IDEA, uno de cada dos docentes cree que los progenitores
"desatienden la educación de sus hijos". Mariano de Castro cuenta que de
vez en cuando se producen situaciones que en otro tiempo hubieran sido
impensables. "Hay algunos chicos que no vienen el viernes a clase
porque a su padre le han dado fiesta y se van todos a esquiar a la
sierra. Si el padre no respeta el tiempo de su hijo, ¿cómo podemos
esperar que lo haga él?"
Sin la
complicidad de los padres es muy difícil imponer una mínima disciplina.
"Esto no se parece en nada a lo que mostraba la serie 'Querido maestro',
que era de un paternalismo tremendo. Aquí, cuando llegas a clase te
encuentras con un tipo despatarrado, que no quiere quitarse la gorra
cuando le pides que lo haga. Cuando finalmente lo hace te perdona la
vida con la mirada", explica De Castro. "Hemos perdido el apoyo de la
sociedad. Para muchos, el profesor es poco más que 'aquel individuo
indeseable que tiene muchas más vacaciones que yo''', lamenta Castillo.
"Los padres de hoy día lo cuestionan todo. Nos traen a sus hijos y
quieren un resultado. Pero al mismo tiempo no confían en nosotros."
Por todo ello,
el profesorado español dice sentirse "desmotivado" o "incluso quemado".
Este síndrome es cada vez más frecuente. El estrés relacionado con esta
problemática también es elevado.
Según un
reciente informe del Observatorio de Riesgos Psicosociales, el 63,5% de
los profesores presenta riesgo de sufrir un estrés alto
y el
7,5% de ellos puede padecer acoso.
Los profesores
interinos lo tienen incluso peor: "Somos los que más sufrimos porque
siempre somos los últimos en llegar y nos tocan las clases más duras",
protesta una profesora de Lengua Catalana que prefiere mantenerse en el
anonimato. Esta filóloga lleva más de veinte años impartiendo clases con
contratos que se renuevan anualmente "y no incluyen el concepto de
antigüedad. En cualquier empresa te hacen fija a los tres años, pero la
Administración no lo hace."
Para esta
interina, el hecho de que las convocatorias de oposiciones hayan sido
tan escasas en Cataluña en las dos últimas décadas ha hecho del
profesorado de secundaria un "cuerpo envejecido y desanimado". "Entre
1993 y 2004 sólo hubo una convocatoria. Ahora lo haremos junto a chicos
que acaban de salir de las facultades y tienen los conocimientos
frescos, además de mucho tiempo para estudiar y preparar las
oposiciones", se queja esta profesora, con un
hijo
universitario, a la que le gustaría dejar de tener un trabajo precario.
Las escuelas
públicas también presentan más problemas de disciplina que las privadas.
"Cuando coincido con otros compañeros veo que somos unos
privilegiados", compara la profesora de Inglés Yolanda Castillo.
Pese a las
supuestas ventajas de trabajar en un centro privado, la mayoría de los
profesores de la pública dice no querer cambiar de lugar. Tampoco de
sueldo. Mariano de Castro se muestra irónico al comentar que de vez en
cuando se propone compensar a los profesores subiéndoles el salario. "No
es cuestión de dinero, sino de intentar arreglar esto de una vez." En
este sentido, comparte la opinión de quienes apuestan por consensuar
un plan de Estado por la educación "que no cambie con cada gobierno".
La última
reforma se implantó "sin contar con la opinión de los profesionales
docentes. Jamás ha habido un debate entre el profesorado para conocer
nuestra opinión", señala Ángel Martínez. Según él, la Logse fue una
imposición de "ciertos ideólogos y algunas cúpulas sindicales" sin
atender a las necesidades ni la problemática real. (Magazine.
Faro de Vigo.)