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Iconografía de la Anunciación
El
tema de la Anunciación es, sin duda, uno de los más representados en el arte
cristiano. Desde su aparición en las catacumbas del siglo IV ha ocupado un
lugar preferente en todas las épocas, en todos los lugares y en todos los
campos de la actividad artística, sólo las Natividades y Adoraciones de los
Magos pueden, en períodos como el medieval, competir con las Anunciaciones
en frecuencia de aparición. Razones de índole teológica y artística permiten
explicar el éxito del tema a lo largo de los siglos.
La Anunciación no es
simplemente un episodio de la leyenda de la Virgen, con ella llega la
"plenitud de los tiempos" (Gal 4, 4), es el momento culminante de la
vida de María pero también el comienzo de la misión de Cristo en la tierra
ya que, desde el mismo momento en que María da su asentimiento a las
palabras del Ángel, la Encarnación se materializa y tiene lugar la
concepción virginal, "Et verbum caro factum est". Anunciación y
Encarnación no son, en el fondo, más que un mismo acontecimiento cuya
finalidad, la redención del hombre, se cumple por medio del sacrificio de
Cristo en la cruz. Así pues, el tema admite una triple interpretación,
cristológica, mariana y angélica, lo que hace su presencia prácticamente
ineludible en cualquier ciclo dedicado a Cristo o a María y permite
utilizarlo como imagen aislada de devoción.
Desde el punto de vista
artístico, su sencillez compositiva-sólo el ángel y María son imprescindibles-, lo convierte en
un tema adecuado para su utilización en puertas, arcos triunfales, o alas de
retablo, al tiempo que su carácter intimista le hace también apropiado para
las imágenes de devoción privadas por lo que no suele faltar en los
abundantísimos Breviarios y Libros de Horas.
El episodio aparece narrado
escuetamente sólo en uno de los evangelios canónicos (Lucas 1, 26-38)
pero la imaginación de los apócrifos, y de la literatura posterior inspirada
por ellos,
suplió las carencias del relato canónico aportando una serie de datos sobre
las circunstancias en las que habría tenido lugar el acontecimiento (María
estaba en su casa entregada a la oración, leyendo arrodillada o hilando la
púrpura para el velo del templo... etc.) que pronto tuvieron reflejo en el
arte.
En el terreno iconográfico,
se han señalado dos variantes principales:
una fórmula de origen griego
en la que María aparece sentada y otra, siria, en la que la Virgen se
levanta ante la presencia del mensajero celestial. A estos dos tipos
principales cabría añadir dos más. Un tercero, en el que María aparece
arrodillada tal y como se la describe en el apócrifo del Pseudo-Mateo,
y un cuarto en el que es el ángel el que se arrodilla.
Al núcleo básico de la escena -María y el ángel- pueden añadírsele otros
personajes: unos más frecuentes, como el Espíritu Santo en forma de paloma
o Dios Padre
-solo o rodeado de coros angélicos-,
otros poco habituales como la "escolta de honor" que acompaña en ocasiones a
Gabriel,
o la sirvienta de María que aparece hilando la púrpura con su señora.
Por
lo que respecta a la ambientación de la escena, pueden señalarse tres
variantes principales: la más antigua, fiel al relato evangélico, sitúa a
los personajes en un exterior con un fondo de arquitecturas que aluden a la
ciudad de Nazaret.
Es la solución más frecuente en el arte paleocristiano y bizantino que dará
lugar más tarde en Italia a la ambientación de pórtico, muy popular en el
Quatroccento.
Otra posibilidad consiste en situar el acontecimiento en un interior
doméstico, suponiendo, como los apócrifos, que la Salutación se habría
producido en la casa de María. Esta solución es la habitual en el arte
flamenco desde el siglo XIV.
El tercer tipo, frecuente en
el arte francés, presenta la escena en el interior de un templo. La iglesia
es un símbolo de María -San Bernardo en sus homilías compara a la Virgen con
un templo-, pero también una referencia a la basílica de la Anunciación,
levantada por Santa Elena sobre la casa en la que según la tradición había
tenido lugar la Salutación Angélica.
Existen otras posibilidades, inspiradas en los apócrifos,
como situar la escena al lado de un pozo o fuente pero este tipo de
Anunciaciones son extremadamente raras en occidente, aunque tuvieron cierto
éxito en el arte paleocristianoy bizantino
Además de los personajes que
intervienen en el acontecimiento, los artistas medievales integraron en la
escena toda una serie de objetos simbólicos, algunos de los cuales acabaron
por hacerse prácticamente imprescindibles. Ninguna época fue más sensible a
lo sensible que la Edad Media que concebía el mundo como una escritura de
Dios sobre los tiempos, un enorme libro en el que cada cosa y cada
característica de las cosas es portadora de un significado profundo, más
allá de su materialidad. El jarrón con azucenas,
el libro que María suele estar leyendo
la ventana por la que penetran los rayos divinos,
la cama de la Virgen que aparece en ocasiones al fondo de la escena...,
no son simples notaciones ambientales sino símbolos destinados a ilustrar
determinados aspectos de la condición de María o de la naturaleza del
misterio de la Encarnación y su finalidad.
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