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Teatro de Carnaval
En
relación con las fiestas medievales de inversión de las jerarquías hay
que poner las celebraciones carnavalescas, una de las mejores
expresiones de una visión del mundo que concibe el bien y el mal no como
consecuencia de las acciones personales sino como preexistentes a estas
acciones. El Carnaval medieval no hay que entenderlo como una
alternativa a las prácticas religiosas eclesiásticas, participa de sus
mismos límites sagrados y se concibe como una inversión de los valores
de la liturgia oficial. Las liturgias de borrachos, de jugadores o del
dinero que parodian el ritual de los oficios divinos no son sino
coherentes ritos de inversión que sirven para reforzar la dualidad del
pensamiento medieval.
El Carnaval encuentra su verdadero
sentido en la división litúrgica del año cristiano y no puede ser
entendido sin la Cuaresma. La misma etimología de la palabra, derivada
de la expresión latina Carne vale, es decir los últimos días en
los que estaba permitido comer carne antes de la Cuaresma, nos indica la
relación de la fiesta con el año cristiano y lo mismo sucede con la
denominación Antroido o Entroido (en
gallego) y Antruejo (en castellano), derivadas de la voz latina
Introito que alude a la introducción al tiempo cuaresmal. Como
hemos visto al referirnos al Obispillo y las Fiestas de Locos, los
elementos folklóricos y los clericales se encuentran integrados en las
fiestas litúrgicas y no son en absoluto contradictorios.
En la Edad Media y el
Renacimiento, es evidente en muchos países la existencia de una conexión
entre carnaval y teatro. En Francia, farces y sotties se
representaban en carnaval y obras como el Jeu de la Feuille de
Adam de la Halle hay que interpretarlas también dentro de la tradición
carnavalesca. En Alemania el género carnavalesco (Fastnachtspielen)
está abundantemente representado y también en Italia los textos
proliferan en la segunda mitad del XVI siendo muy característicos los
Testamenti di Don Carnale.
En la Península, por el
contrario, a pesar de las extraordinarias posibilidades dramáticas de
las Carnestolendas, los textos conservados son escasos. El tema del
Combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma, muy en boga en la
literatura europea desde el siglo XIII, no fue desconocido y cualquier
lector familiarizado con la literatura castellana medieval recuerda el
impresionante combate del Libro de buen amor (ca. 1343) en el que
el Arcipreste de Hita despliega lo mejor de sus facultades para las
escenas de debate y para la descripción. En el teatro, sin embargo, sólo
contamos con un pálido recuerdo de estos combates en unos versos de la
Égloga de Antruejo de Juan del Encina (vv. 90 ss.) en los que el
dramaturgo, inspirándose quizá en Juan Ruiz pero también en los festejos
populares, se limita a resumir los rasgos más frecuentes de estas
batallas no tan alegóricas como pudiera parecer ya que se escenificaban
con lanzamiento de productos comestibles en muchas ocasiones.
En Galicia, nada se ha
conservado de este teatro carnavalesco, y es extraño ya que está
íntimamente emparentado con el género satírico medieval, con las
cantigas de escarnio o sirventés, tanto en su función subversiva, en el
sentido más estricto de la palabra, como en su intención lúdica y su
comicidad que busca la carcajada del oyente-espectador y se complace en
la sátira social y el realismo obsceno. Sólo en la supervivencia actual
de representaciones carnavalescas de carácter popular, y en las noticias
de los siglos XVIII-XIX, podemos encontrar algún indicio de la posible
existencia de un teatro de carnaval gallego en la época que nos ocupa.
Aunque, ni los Apropósitos del
carnaval urbano de A Coruña, Betanzos y Pontevedra, ni los Entremeses
del Ulla, ni las farsas carnavalescas de Cotobade y Xestoso (Monfero) ni
las Corridas y Testamentos do galo (Baleira y Castroverde)
pueden remontarse documentalmente más atrás del siglo XIX, para Vicente
Risco, “Trátase dun verdadeiro teatro popular de orixe medieval, que
se asemella moito ás pezas primitivas de teatro literario que se
conservan”.
La afirmación me parece excesiva, pero la
existencia de esas representaciones prueba un aprecio tradicional por
las actividades dramáticas asociadas con el carnaval entre las clases
populares gallegas, tanto en la sociedad urbana (representación de
Urco y Teucro en Pontevedra en 1877) como en la campesina (Farsas,
xogo das vacas de Barizo…etc.). Especialmente interesantes y
abundantes son las farsas campesinas como las parodias de oficios que
satirizan las diferentes profesiones, con preferencia por las extrañas a
las comunidades rurales (sastres, boticarios, médicos…), o las
representaciones burlescas de un parto con abundante sangre y un ave,
gato o monigote que acaba saliendo de la barriga de la preñada o preñado
(Xestoso, Sande…)
Las piezas conservadas, todas
recientes y generalmente muy breves, se redactan en castellano y/o
gallego reflejando la mayoría una situación claramente diglósica en el
uso del idioma. Su intención es declaradamente cómica y habitualmente
adoptan la forma de un “sermón” o “testamento” burlesco declamado por un
único actor, o bien se produce una “disputa” protagonizada por dos
antagonistas, solos o acompañados de un grupo vecinal.
Lo más frecuente es un
testamento en el que un animal lega las diferentes partes de su pueblo a
los vecinos de la villa lo que da lugar a la sátira por el doble sentido
que pueden tener los órganos (en el reparto do boi de Manzaneda,
por ejemplo, los cuernos son siempre recibidos con desagrado por el
adjudicatario).
En algunos casos la representación se
complica y se escenifica un juicio del animal y se satiriza sobre la
situación de la sociedad campesina (Corridas del gallo, Farsas de
Touro, Cotobade y Xestoso), con la intervención de varios
personajes, un tablado-escenario (denominado torreiro en muchos
lugares) y un rudimentario atrezzo que en la
Matanza do porco de Touro consistía en el animal hecho de paja, con
ruedas y con un petardo dentro de la panza.
No cabe negar el calificativo de teatrales
a piezas como La Corrida del Gallo que se representó el martes de
Carnaval en la zona del Ulla en la década de 1940. Su estructura en
siete actos que tienen como eje al testamento del animal y la
articulación en forma de una disputa, un debate en el que el diálogo es
el protagonista, confieren a la pieza un carácter plenamente teatral.
Las cuartetas de la Corrida emplean el gallego y el castellano. El
gallego, con tono burlesco pero cariñoso, aparece en los parlamentos de
los personajes “populares” (el propio gallo y el celador) mientras que
el castellano, solemne, también con cierto matiz de burla, se reserva
para el rey, el abogado defensor, el fiscal y los “padrinos” de los que
el celador se burla por no saber el gallego a pesar de ser letrados.
La Corrida del Ulla sólo se
representó algunos años y desapareció, aunque últimamente se ha
recuperado en Ribadulla (Vedra). En ella un hombre disfrazado de gallo
es
sometido a un juicio, condenado y al final indultado, soltándose un
puñado de gallos de granja para que el público los capture. El texto
conservado es de la primera mitad del siglo XX pero parece evidente que
se trata de una evolución de las corridas del gallo tradicionales,
consistentes en la decapitación de un ave colgada de un cable o
enterrada en el suelo, que tenemos documentadas en otros lugares de
Galicia (una docena de casos) y del resto de Europa.
Frecuentemente estas corridas
incluían la persecución del animal, la lectura de su testamento y la
elección de un “rey” y/o una “reina” de gallos –así lo hacían a
principios del XX los niños de Viana do Bolo según el testimonio de
Nicolás Tenorio-, reyes que eran paseados en carro o a caballo por el pueblo
entre coplas burlescas, presidiendo luego un banquete comunitario en el
que se daba buena cuenta de las aves. Era también habitual que antes de
la decapitación del animal, símbolo de la lujuria y del desenfreno, se
escenificara su juicio, por ejemplo en O Cádavo y Fonteo (Baleira, Lugo)
o en Meda (Lugo), lugares donde como en la zona del Ulla se celebraba el
proceso con intervención de abogados, fiscal, jueces y alguaciles (de
Meda se conserva un texto en castellano de 1948).
Las noticias sobre estas corridas de gallos solo
se remontan al siglo XIX pero deben de ser muy anteriores. En el norte
de Europa hay documentación desde el siglo XII -a veces con patos o
gansos- y en Galicia tenemos una primera referencia en 1478 cuando, de
creer al Padre Gándara, Álvaro de Figueroa organizó en Vigo una fiesta
con gaiteros y tamboriles, luminarias y corrida de gansos, para atraer a
la tripulación de un barco holandés fondeado en al ría y apresarla como
castigo por haber proporcionado al rebelde Pedro Madruga pólvora y armas
de fuego.
***
Son también frecuentes
en la Galicia rural otras manifestaciones populares de carnaval en las
que el uso de máscaras y vestuario y la escenificación de parodias e
imitaciones, hacen que podamos calificarlas sino como teatrales, sí, al
menos, como parateatrales. A diferencia de farsas y entremeses, éstas
parecen tener orígenes muy antiguos lo que de nuevo nos sitúa en un
contexto de teatralidad difundida en la sociedad gallega tradicional
mucho antes de la irrupción en Galicia del teatro castellano a finales
del siglo XVI.
Para algunos se trataría incluso de
pervivencias de máscaras prehistóricas (cigarrones y
peliqueiros de Verín y Laza) lo que puede ser cierto en un plano muy
general –las máscaras, algunas muy similares a las gallegas, están
documentadas en el arte desde la prehistoria-, aunque parece evidente
que los carnavales europeos, y los de Verín y Laza no son una excepción,
surgen en la Edad Media y por influencia cristiana aunque hayan podido
incorporar rituales antiguos que conservaron parcialmente su
significado.
Por lo que respecta al carácter teatral de
estas máscaras y parodias, es sintomático que en algunos lugares como
Cotobade (Pontevedra) a las máscaras de carnaval se las conozca como
momadas lo que permite establecer una relación con los
momos medievales, representaciones cortesanas que tenemos
abundantemente documentadas en Castilla y Portugal. Del mismo modo, la
denominación de entremeses que se daba tradicionalmente en
algunos lugares de Galicia (Oimbra) a las parodias carnavalescas, puede
ser síntoma de la antigua existencia de representaciones teatrales.
Las máscaras gallegas, lo mismo
que las pieles y corozas que cubren a los enmascarados y los cencerros y
chocas que suelen llevar, cuentan con amplios paralelos por toda Europa
desde la Edad Media. Los volantes de Chantada, las pantallas
de Xinzo da Limia, los peliqueiros y cigarrones de Laza y
Verín,
los felos de Maceda y otros muchos choqueiros extendidos
por toda Galicia son así mismo frecuentes en Zamora, Asturias, la zona
pirenaica, Suiza, Alemania etc., contando también con precedentes
griegos y romanos.
La mayoría tienen como
característica común los privilegios que les permiten agredir a hombres
y mujeres, tomar objetos de las tiendas, demandar vino y comida a los
habitantes del lugar y arrojar sobre los presentes harina con hormigas,
agua sucia, excrementos… etc. Pieles y cencerros relacionan a las
máscaras tradicionales de Entroido con el mundo animal –también
el hecho de que muchas tengan prohibido hablar-, lo que ha llevado a
considerarlas como pervivencias de antiguos ritos interpretándolas como
espíritus de animales que surgen de la tierra para garantizar la
fertilidad y expulsar con su estruendo a los malos espíritus, espantar
el invierno y dar paso a la primavera.
En este sentido hay quizá
que considerar a la “mula” de Viana do Bolo y Castro Caldelas, la
“morena” de Laza, la “fera” de Moaña y las máscaras de oso
y otros animales que existieron en las zonas de Chantada, Manzaneda y
Pedrafita y todavía perviven en algunos lugares.
Las máscaras de oso y los
hombres-oso son un elemento recurrente y de gran potencia en el folklore
medieval europeo. Por toda Europa tenemos noticias de danzas
dramatizadas en las que el mamífero es representado por un hombre
disfrazado con pieles y máscara de oso que es cazado y encadenado por
los humanos. Todavía se conserva una de estas danzas en Vallespir
(Prats-de-Molló, Rosellón) y hasta hace pocos años sobrevivieron varias
más en el contexto del carnaval (Arles-sur-Tech, zona pirenaica
francesa).
En Galicia tenemos
noticias de una Danza del Oso en Betanzos (A Coruña) que pervivió
hasta 1914, y todavía siguen saliendo máscaras de oso en Salcedo (Pobra
do Brollón, Lugo) y San Pedro de Moreiras (Toén, Ourense). En ambos
casos los disfraces se confeccionan con pieles de oveja, lo mismo que el
de O Bicho del carnaval de Viana do Bolo que solo se distingue de
los anteriores en la máscara.
Para muchos
folkloristas estas danzas del oso representadas en el mes de Febrero
serían pervivencias de un antiguo mito, un rito de deshibernación de
origen prehistórico. En todo caso, sólo se conserva documentación
desde la época medieval. Ya en el siglo IX el arzobispo Hincmar de Reims
condena ciertos “vergonzosos juegos con osos” (turpia joca cum urso)
y las “danzarinas” y “máscaras demoníacas” que en ellos se utilizaban (vel
tornatricibus ante se facere permittat nec larvas daemonum qua vulgo
talamascas dicunt), lo que prueba que no se trataba simplemente de
osos bailarines sino de espectáculos más desarrollados que muchos no han
dudado en considerar verdaderos dramas clasificables dentro del teatro
carnavalesco. El tema de la caza del oso es también habitual en los
romances de caballerías (Valentin et Ourson) que en ocasiones
dieron lugar a representaciones populares, como la catalana de
Rosaura de l’Os que se escenificaba anualmente el día 24 de Febrero,
al menos desde 1444, y pasaron al teatro culto posterior (Ursón y
Valentín de Lope de Vega).
El oso se relaciona con el salvaje y es un motivo muy extendido en el folklore europeo el mito
de la mujer raptada por un salvaje o un oso con el que concibe un hijo.
Desde la Edad Media, los cortejos de Carnaval contaban frecuentemente
con un grupo de hombres o mujeres salvajes y muchos perviven en la
actualidad. Todavía hoy en el carnaval de Basilea (Suiza), vivido casi
como una fiesta litúrgica, salen cortejos de hombres salvajes
enmascarados y es probable que las “corrozadas” de Zamora y muchas
máscaras gallegas tengan el mismo origen, al igual que otras mascaradas
de invierno como la viejanera cántabra, que tenía lugar durante
el día de fin de año con hombres disfrazados con pieles de animales y
cencerros corriendo alocadamente y peleándose.
Los datos de los siglos
XVI-XVIII indican que estas mascaradas deben de ser una costumbre
antigua y arraigada, aunque para algunos folcloristas como Bausinger en
su forma actual tienen un origen cortesano siendo el resultado de la
contaminación de los salvajes literarios y de los momos palaciegos con
los orcos y mayos de la mitología popular. La cronología de los
testimonios conservados así parece indicarlo pero esto puede deberse a
la escasez de registros sobre las fiestas populares no cristianas que
normalmente conocemos solamente por disposiciones condenatorias. En el
caso peninsular destaca la noticia del Codex Vigilanus o
Albeldense (siglo X), en el que aparece una referencia a juglaresas
que se disfrazaban con pieles e imitaban a estos seres míticos: “qui
in saltatione femineum habitum gestiunt et monstruose se fingunt et
majas et orcum et pelam et simila exercent”, pecado para el que se
prescribe un año de penitencia.
Máscaras de salvajes y otras de seres
peludos o cubiertos de hojas y ramas están documentadas en las Entradas
Reales, los torneos, las procesiones, y los momos y otras fiestas
cortesanas además de, por supuesto, en el arte, medio en el que
frecuentemente las representaciones muestran claros indicios de estar
inspiradas en los salvajes y cachimorros reales que salían a las calles
de aldeas y ciudades, ya que han perdido sus características “naturales”
y parecen claramente hombres disfrazados con tipos caricaturescos y
vestido lanudo que deja al descubierto manos y pies en una difícil
transición (véanse, por ejemplo los de la sillería de coro de Xunqueira
de Ambía (Ourense), o cuelgan de sus cinturones los cascabeles que los
relacionan inequívocamente con las máscaras (Capilla de los Velez en
Málaga).
Además de su presencia en carnavales
y mojigangas, estos salvajes disfrazados fueron muy frecuentes en las
procesiones del Corpus, contexto en el que los tenemos documentados en
Galicia en el siglo XVI. En Santiago de Compostela en 1565 el
ayuntamiento dispuso, como hemos visto, una ordenación de las danzas
gremiales del Corpus y se adjudicó a los armeros la representación de
una “dança de salbajes”, danza que debía de ser habitual ya que
en 1570 se repite con motivo de la entrada del arzobispo D. Cristóbal
Fernández de Valtodano. También la cofradía de azabacheros, que
representaba la batalla de Clavijo, llevaba en su cortejo “dos
cabalynos y salvajes” y en otras ciudades gallegas debieron de
existir cortejos de salvajes semejantes ya que en la ordenación
compostelana se dice: “... los armeros y barberos con su danza de una
docena de salvajes y un par de pelas al vso de la procesión de
Pontevedra”.
A la
categoría de espectáculos parateatrales carnavalescos cabe asignar
también las quemas, funerales y entierros, enormemente extendidos por
tierras gallegas, de Mecos, Antroidos, Momos, Felos y otros
personajes que simbolizan el Carnaval (la Micaela de Buño, el
Ravachol de Pontevedra, el Felipiño de Boiro, Ribeira y
Pobra…). Las noticias que se tienen de estos espectáculos, lo mismo que
las de los hoy más populares entierros de la sardina, no se
remontan más allá del siglo XIX pero es posible que sean pervivencias, o
rebrotes, de prácticas anteriores (los testamentos de animales tienen
sin duda abolengo medieval) y, en todo caso, prueban que el instinto de
dramatización popular y la capacidad de imaginación anteriores a la era
de la televisión fueron iguales en Galicia que en el resto de Europa.
El espectáculo-tipo consiste en la
confección de un muñeco que preside el Carnaval desde un lugar
privilegiado de la villa o desde un carro o montura que lo pasea por sus
calles. Este monigote, que puede adoptar variadas formas, tiene una
personalidad dual ya que es a un tiempo acusado de todos los males de la
comunidad y llorado tras su muerte como encarnación de los valores de la
inversión, la risa y la locura que desaparecen con su entierro.
Transcurrido el Carnaval, al final del
Martes o el Miércoles de Ceniza, el Meco es quemado y/o enterrado
en una parodia de liturgia fúnebre en la que no faltan ostensibles
gestos de dolor, panegíricos del difunto, burlescos testamentos y
plegarias en las que se alude a los problemas políticos y vecinales del
año. Todo muy similar a lo que sucede en otras partes de la Península y
del resto de Europa donde existe documentación desde el siglo XIV aunque
algunos investigadores remontan hasta Grecia y Roma el origen de varios
de éstos espectáculos como la quema del Peropalo de Villanueva de la
Vera (Cáceres), y, en general, ha venido considerándoselos, siguiendo a
Frazer, una pervivencia de antiguos rituales agrarios de muerte y
resurrección.
En relación con estas quemas
carnavalescas hay que poner otros festejos similares de carácter
plenamente teatral como la Quema de la Pascua de Meda y otras
parroquias lucenses y su Farsa Dulcinea. Esta representación
popular en castellano, viva hasta la década de 1960, escenificaba el
juicio, testamento y ejecución en la hoguera de un personaje femenino,
Dulcinea, criada de vida disipada que era condenada a muerte y quemada
tras un proceso en el que intervenían abogados, fiscales y testigos a
favor y en contra de la acusada.
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Peliqueiro de Laza
Foto www.entroido.com

Pantalla de Xinzo
Foto www.entroido.com

Boteiro de Viana do Bolo
v
Corrida del gallo. Grabado
popular del siglo XIX publicado por Federico Cocho

Oso de Salcedo. Máscara de
carnaval en Pobra do Brollón (Lugo)
Foto www.jrcasan.com

O Bicho. Máscara de carnaval en
Viana do Bolo
Foto publicada por Federico Cocho

Salvajes. Sillería de coro de la
Colegiata de Xunqueira de Ambía (Ourense, siglo XVI)

Parodia del
oficio de barbero
O Barco de
Valdeorras, c. 1920

Xogo das
vacas de Barizo
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