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Teatro y espectáculos
urbanos en el siglo XVII
A lo largo de las páginas anteriores me he referido en numerosas
ocasiones a los espectáculos barrocos que tenían lugar en las Entradas, Recibimientos y otras
solemnidades, y he hecho repetida alusión a los espectáculos taurinos,
mascaradas, juegos de sortija, carros engalanados y arquitecturas efímeras que
acompañaban los festejos.
Nunca falta en el Barroco
pretexto para la fiesta con la que el urbanismo y la arquitectura de la época
adquieren su verdadero sentido: natalicios regios, canonizaciones,
proclamaciones reales, consagraciones de edificios religiosos y los más variados
acontecimientos son celebrados con procesiones gremiales, máscaras, toros y
representaciones teatrales en las que las plazas y balcones se convierten en
escenarios y plateas para el espectáculo urbano.
Entre los nacimientos de
príncipes que sabemos se celebraron en Galicia en la época que nos ocupa
destacan los de Felipe II (1527), su hija Isabel Clara Eugenia (1566) y Felipe
IV (1605); en las canonizaciones sobresalen la de San Ignacio en 1622,
solemnizada con un espectacular octavario de festejos, (aunque con menos
solemnidad ya se había celebrado su beatificación en 1610) y la de Santo Tomás
de Villanueva, arzobispo de Valencia, cuya elevación a los altares en 1658 fue
seguida en los dos años siguientes por grandes fiestas en todos los reinos
peninsulares. En el capítulo de las consagraciones e inauguraciones tenemos
noticias, entre otras, de las de San Martín Pinario en 1648 y la Iglesia de la
Compañía en 1673, ciñéndonos sólo a la ciudad de Santiago en la que también se
celebraron con festejos y representaciones teatrales en 1630 y 1680 el triunfo
en los pleitos del compatronazgo.
Por lo que respecta a las proclamaciones
reales, eran fiestas con motivaciones políticas y de propaganda monárquica.
Al principio se trataba de una ceremonia muy sencilla: el pueblo era convocado
ante la Casa Consistorial y un oficial (desde Felipe II el Alférez Mayor) alzaba
los pendones del nuevo rey, proclamaba el comienzo de su reinado y el pueblo
gritaba tres ¡Vivas!. Posteriormente la ceremonia se fue complicando y se
procuró la participación del clero, de las autoridades con trajes de gala y de
los gremios que representaban un número musical o de danza ante el Ayuntamiento.
En Galicia hay noticias de la proclamación
de Felipe II en 1556 en A Coruña donde se elevaron pendones con las armas del
rey, del reino y de la ciudad “el cual pendón ha de ser de tafetán colorado
con sus borlas y cordones y bordadura”, y se corrieron tres toros por las
calles. No sabemos si en estas fechas había espectáculos de mayor entidad como
sucedía en siglos posteriores en los que era costumbre que los regidores
saliesen del ayuntamiento a caballo con porteros, timbales y clarines,
dirigiéndose a la casa del Alférez Mayor que acudía engalanado con su caballo (a
veces de luto por el rey muerto), rodeado de lacayos y portando el pendón.
Cabalgaban todos hasta la casa consistorial donde tenía lugar la proclamación en
un tablado levantado al efecto y después había desfile por las calles, cohetes,
salvas, y en ocasiones se erigían arcos de madera. Terminado todo había baile y
se daba un “refresco” al pueblo en el que se gastaban respetables
cantidades.
Un acontecimiento que proporcionaba un
inmejorable pretexto para la fiesta era la firma de tratados de paz o la
celebración de victorias militares que en ocasiones podían escenificarse ante el
pueblo que acudía al festejo. Sin llegar a ser una auténtica representación, la
fiesta que tuvo lugar en Pontevedra para celebrar la firma de la paz de Chateau-Cambresis
en 1559 consistió en un espectáculo parateatral que presentó a los ciudadanos un
suntuoso cortejo integrado por los protagonistas del acuerdo: el Papa Pio V,
Felipe II, su padre el Emperador ya fallecido y el rey de Francia Enrique II,
que montados en “sendas mulas muy ataviadas” y con el San Miguel de la
Moureira “armado de todas armas, caballero en un hacaneo” recorrieron
acompañados por las danzas gremiales las calles de la población.
Incluso “paces” locales daban lugar a
festejos que pervivían en el tiempo como la “representación y otras
invenciones de regocijo” que se celebraban anualmente en Betanzos durante
los siglos XVI y XVII en recuerdo de la paz establecida entre dos familias
enemigas de la nobleza local: los Vilouzás y los Pardo; fiestas que consistían
al parecer en unas justas ficticias presididas por un “Rey”, una “Reina” y un
“Conde”.
En la Galicia de la Edad
Moderna, como en el resto de España y de Europa, la fiesta, la liturgia y el
teatro se entremezclan con la vida para convertirse en espectáculo urbano casi
con cualquier pretexto. Aunque escapa ligeramente de los límites cronológicos de
este estudio, es ejemplar de esta tendencia el conjunto de festejos que tuvieron
lugar en A Coruña en 1674, organizados por la Real Audiencia con motivo de la
captura y ejecución de un vecino del coto de Anca (Neda), conocido como el
Bureleiro, que se confesó autor de una serie de profanaciones de iglesias en
la zona de Betanzos que habría cometido instigado por el vecino de Bayona
(Francia) Juan Brache “de profession judio”. Esto dio pié a la
realización de fiestas “en desagravio de la Magestad de Christo Sacramentado”
para las cuales se levantó un espectacular monumento en la Iglesia de San
Francisco que “fue en sentir de todos los que juzgan, entendida y
desapasionadamente, el mas suntuoso, grave y aliñado que se ha visto en esta
Ciudad y Reyno, y pudiera merecerse la admiracion, y aplauso en cualquiera de
los demas Reynos de España, donde suele ser mas frequente, y esmerada la
curiosidad”.
A juzgar por la
descripción que de él se nos ha conservado y aún descontando la tópica hipérbole
del género, debió de ser de notable espectacularidad con sus efectos lumínicos,
sus pirámides escalonadas, pinturas, cielos concéntricos y colgaduras que fueron
traídas desde Monforte.
El 19 de Noviembre
de 1674 hubo por la mañana Misa solemne, se inauguró el monumento, se
pronunciaron tres sermones y se colgaron en el pórtico del convento franciscano
las composiciones (villancicos, endechas, coplas...) realizadas para la ocasión.
Por la tarde hubo música a cargo de toda la capilla de la Catedral de Santiago
que se desplazó a Coruña para la fiesta, y “diferentes danças y
representaciones que en esta Ciudad se executan con gran propiedad y gala”.
Al atardecer hubo fuegos artificiales y por la noche luminarias y procesión de
los “caladiños”.
La
convivencia en estos festejos de lo sagrado y lo profano, de la liturgia, la
literatura, el arte efímero y el teatro, la música y la danza, dan la medida
exacta de lo que fue el espectáculo urbano del barroco en Galicia. En la mayoría
de estas fiestas el espectáculo callejero se completa con representaciones
teatrales patrocinadas por cabildos, ayuntamientos, gremios y cofradías o por
los miembros de las principales casas de la nobleza gallega como los Lemos, los
Andrade o los Azevedo y Zúñiga que organizaron festejos y representaciones
teatrales en sus señoríos de Monforte, Pontedeume o Monterrei.
En el caso de Monforte, se
conservan noticias muy precisas de los festejos y representaciones patrocinados
por los VII Condes de Lemos, D. Pedro Fernández de Castro y Dª Catalina de la
Cerda y Sandoval en 1619 (4-7 de agosto) con motivo de la inauguración del
Colegio de Santa María de la Antigua, en 1620 (6-11 de septiembre) con ocasión
de unas fiestas de la Virgen del Rosario de cuya cofradía eran Mayordomos los
Condes ese año, y en 1622, 1634 y 1646 por diferentes efemérides del convento de
Santa Clara de la localidad.
En todas
estas ocasiones, además de los habituales desfiles, máscaras, entremeses, toros
y juegos de cañas, presentes en toda fiesta urbana del Barroco, se
representaron obras teatrales en castellano siguiendo los deseos del Conde,
gran aficionado al teatro, mecenas de dramaturgos como Cervantes, Lope y Quevedo
y autor él mismo de varios poemas, del famoso opúsculo reivindicativo del voto
en Cortes para Galicia (El Búho gallego) y de dos comedias perdidas: una,
titulada La casa confusa, representada ante la corte de Felipe III en la
iglesia del Convento de las Dominicas de San Blas de Lerma el 16 de octubre de
1617; y otra, de título desconocido, representada en Monforte en 1620 con
ocasión de las fiestas del Rosario.
En los festejos
monfortinos de 1619 se representó el domingo 4 de agosto la Comedia Margarita
que resultó “muy lucida asi por la música, que da vida a las comedias, como
por representar los mejores oficiales que hay en esta tierra, saliendo
todos costosa y biçarramente dispuestos”. A continuación hubo danzas,
música, toros, juegos de cañas... y se levantó un gran castillo del que salía
una “sierpe de inmensa grandeza, que por siete cabezas echaba fuego a porfia,
y esparziendo por todos lados coetes lançaba lo que traía en el estomago”.
El lunes y martes hubo de nuevo danzas, música y juegos y el miércoles se puso
en escena la Comedia de Pulqueria que “Salió muy bien por el aparato
tan grande que tenía, que adornaba sobremanera y por representarse como se podía
desear...”.
Extraordinaria
suntuosidad tuvieron las fiestas de 1620, publicitadas en todo el reino y a las
que acudió la práctica totalidad de la nobleza gallega y numerosos caballeros
castellanos y portugueses para participar en los juegos de cañas. Su
espectacularidad las sitúa al nivel de cualquiera de las del resto de la
Península y en Galicia no debieron de tener parangón a juzgar por los relatos
que insisten en el asombro de los espectadores incluidos los portugueses y los
nobles de la corte.
Entre banquete y banquete tuvieron
lugar las habituales corridas de toros, juegos de cañas, desfiles de máscaras,
danzas, foliones, música y una representación nocturna de la Guerra de Troya
en el campo del Colegio de la Compañia, el cual fue iluminado con hogueras y
cercado con tablas levantándose en su centro un “lienço de muro almenado y
torreado” representando la ciudad de Troya que fue atacada en primer lugar por
“dos grandes serpientes que con su iluminación volaron contra el muro (...)
arroxando de si multitud de coetes de varias formas, y en él prendieron
imnumerables ruedas y artificios que le aclararon, de suerte que parecía arderse
todo”, a continuación pasó a la carga una escuadra de navíos “llevando
dentro cada uno ocho mosqueteros (...) disparando y iendo alrasando con
estruendo terrible” y, por último, apareció un caballo de madera “figura
del preñado Paladión, tan grande que pudieran caver dentro cinquenta hombres”.
Los que con “espadas,
rodelas, montantes y lanzas de fuego” habían defendido hasta entonces la
fortaleza vieron como el caballo, “acompañándole gran número de gaytas con el
tropel del pueblo”, arrojó por su boca grandes llamaradas que prendieron en
los muros y almenas de la ciudadela quemándola y ardiendo también él en la
hoguera, al tiempo que por la plaza salía un toro de madera sobre ruedas que
según el cronista, era tan real que uno de los perros del Conde hizo presa en su
oreja y no quiso soltarlo hasta que toro fue quemado al final del festejo.
Hubo también,
como no podía ser menos, misas y sermones, y se representaron en el claustro del
convento de San Vicente dos piezas teatrales: una Comedia del Rosario
escrita por Lope de Vega para la ocasión “con muchas y bien executadas
apariencias, que entretubo y deleitó, fortaleciendo y aumentando la devocion del
Rosario” y otra de título desconocido obra como hemos visto del Conde D.
Pedro Fernández de Castro: “comedia grave, cortesana y festicia, compuesta
por el propio Conde, que dio mucho gusto por guardar en su composición todo el
rigor del arte”.
En cuanto a los
festejos de 1622, 1634 y 1646 fueron de menor entidad y esencialmente religiosos
pero asistió a ellos una nutrida representación de la nobleza gallega, la
capilla de cantores de la Catedral compostelana y el propio arzobispo de
Santiago, junto a los obispos de Ourense y Astorga, que acudió a los de 1646
celebrados del 27 al 30 de agosto para solemnizar la inauguración del edificio
definitivo del convento y su iglesia. En estos últimos se hicieron
espectaculares procesiones, se levantaron altares urbanos ante los que se
cantaron motetes y villancicos, se representaron “bonitas y muy
edificantes comedias” y tuvo lugar un torneo a pié.
Por lo que
respecta a Monterrei y Verín, las noticias son menos abundantes pero
sabemos que también hubo representaciones, no sólo en el colegio de los
jesuitas, sino también en las plazas públicas con asistencia de gentes
de los alrededores, tanto en el Corpus como en otras festividades. Los
condes de Monterrei, del linaje de los Zúñiga-Acevedo, aunque sólo residieron
esporádicamente en la villa, edificaron en ella un elegante palacio y
patrocinaron algunos festejos y espectáculos.
Hubo también representaciones teatrales en
la iglesia parroquial de Verín a juzgar por Libro de Visitas en
el que consta una prohibición de 1635 por la que se ordena que “no
agan ni representen comedias ningunas dentro desta iglesia atento a la
grande yndecencia que dello se sigue y otros muchos ynconbinientes”.
En el caso de
Pontedeume, tenemos algunas noticias de Recibimientos espectaculares y de fiestas en el desaparecido palacio de los condes en Pontedeume, tanto
durante la época de los Andrade como cuando el título pasó a la casa de
Lemos. Ya en 1427-28, cuando visitaron Galicia el infante Don Enrique de
Aragón y el Conde de Haro, Nuño Freire de Andrade “O Mao” agasajó a los
huéspedes con una serie de festejos y banquetes pantagruélicos que
resultaron memorables para los cronistas y provocaron no pocos
conflictos con los vasallos obligados a pagarlos.
La afición a los excesos en el boato la
heredó su hijo, Fernán Pérez de Andrade II, que se desplazaba siempre
con “...quando menos veinte (...) peones, muchos pajes y moços de
cámara, con todos los ofiçios que entonçes podía traer un gran señor.
Traía continuamente dos o tres trompetas”.
Mantuvieron el estilo fastuoso de la casa
sus sucesores, Diego de Andrade (“Traía su estado cumplido, atabales
y tamboril, y treinta peones continuos”) y su hijo el conde Fernando
de Andrade que organizaba fiestas a principios del siglo XVI en sus
palacios de A Coruña y Pontedeume para entretener a su mujer, la siempre
aburrida condesa Dª Francisca de Zúñiga. Al parecer lo más frecuente en
estas fiestas eran las partidas de naipes, a los que la condesa era muy
aficionada, pero de acuerdo con las declaraciones de varios testigos del
pleito Monterrei-Lemos el conde organizaba también “justas e torneos
e juegos de cañas”.
El teatro nobiliario del siglo XVII no ha
dejado muchas noticias pero debió de estar bastante extendido y contar
incluso con la participación de la propia nobleza como sucedió en A
Coruña en 1673 cuando los familiares y amigos del Conde de Aranda,
entonces Capitán General de Galicia, representaron una comedia en su
palacio en el contexto de las fiestas celebradas en la ciudad con motivo
del cumpleaños de la Reina Gobernadora y contando con la asistencia de
una nutrida representación de la sociedad coruñesa. |

D. Pedro Fernández de Castro, VII
Conde de Lemos, patrocinador de espectáculos y representaciones
teatrales en Monforte (Museo de Sª Clara de Monforte siglo XVII)

Frontispicio de la relación impresa
de unas fiestas coruñesas celebradas en 1674 (Biblioteca de la
Universidad de Santiago)

Plaza del
Colegio de la Compañía de Monforte, escenario de representaciones
teatrales en el siglo XVII

El V Conde de Monterrei,
D. Gaspar de Acevedo y Zúñiga. Patrocinó representaciones en el Colegio
de la localidad y reglamentó las representaciones teatrales en Méjico
durante su virreinato. |