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Exequias
y honras fúnebres
El ritual
funerario, dramático por su propia naturaleza, se presta como pocos a la
teatralización y a la utilización por parte de la clase dominante como
vehículo para mostrar públicamente su poder y su estatus. La muerte,
lejos de ser un asunto privado es, desde la Edad Media, un espectáculo
público, especialmente si se trata de la muerte de un poderoso. La
complejidad de lo que podríamos llamar el “ceremonial tipo” de los
funerales de la nobleza y la familia real desde finales de la época
medieval, con sus coros de plañideras, sus cortejos de pobres, el
desfile de los parientes y de las armas del difunto, las procesiones de
cirios y la abundante producción de arte efímero convertían al ritual
mortuorio –que podía llegar a durar casi un mes- en un espectáculo
urbano de primera magnitud.
El público-pueblo de las villas y ciudades
de la época no permanecía insensible a los estímulos que se le ofrecían
en tales ocasiones y participaba activamente en las manifestaciones
públicas de dolor y en los cortejos funerarios o contemplaba ávidamente
la magnificencia y el lujo de las vestimentas, de los arreos de los
caballos y de los monumentos erigidos para la ocasión. Aunque la
literatura y los sermones hacen hincapié en la universalidad de la
muerte y su poder igualatorio que acaba con las diferencias sociales, y
se esfuerzan en destacar la idea de la vanitas, la futilidad de los
placeres mundanos y la corrupción inherente a todo lo material, la
muerte –en su manifestación pública- no es un hecho en absoluto
igualitario sino una ocasión excelente, la última además, para mostrar
ante la sociedad el estatus del difunto, sus obras, sus virtudes y sus
ideales de vida.
En los siglos XVI y XVII, a estos
ritos funerarios de cuerpo presente se unen las exequias que en
las diferentes ciudades del reino se celebran públicamente cuando se
conoce la noticia del fallecimiento del Rey o de algún personaje
importante. Generalmente se levanta un monumento de madera pintada y
telas en el crucero de un templo de la localidad, en el cual se expone
un sepulcro simbólico cubierto de brocados. Para inaugurarlo se organiza
una solemne procesión ciudadana con participación de los gremios y las
autoridades que se dirige al templo y, ante la máquina allí levantada,
se desarrolla un oficio de difuntos se leen sermones y panegíricos, se
recitan poemas y se exhibe imaginería alegórica que glosa las virtudes
del finado en clave emblemática.
Conocemos estas exequias
por las crónicas y Relaciones que, intencionadamente, se redactaban
describiéndolas para la posteridad. Como integrantes de un subgénero
cerrado y codificado, estas Relaciones tienden hacia el estereotipo,
abundando los tópicos y siendo general el tono laudatorio, pero gracias
a ellas, y a los grabados que en ocasiones incluyen, disponemos de
muchos de los textos empleados y podemos hacernos una idea de la
espectacularidad y complicación de los monumentos efímeros que se
levantaban, de su “simbología ascensional” y de su intención
escenográfica y teatral que, unida a los textos, convierte en
espectáculo y representación al ritual mortuorio.
En Galicia disponemos de
datos relativamente abundantes de las exequias reales en la época que
nos interesa, la mayor parte procedentes de Santiago, donde la
conjunción de los esfuerzos de las autoridades municipales, la
Universidad y la Catedral convirtieron a la ciudad en el epicentro de
las celebraciones, y de A Coruña, sede de la Real Audiencia,
patrocinadora habitual de este tipo de ceremonias en las que se
invertían sumas notables.
Sabemos que en Compostela se celebraron
exequias más o menos solemnes por el Gran Capitán y su hija la duquesa
de Sesa en 1525 y por el infante D. Juan de Granada, gobernador de
Galicia fallecido en 1543, aunque ninguna alcanzó al parecer el grado de
espectacularidad de las Exequias de Carlos I celebradas el 28 de
noviembre de 1558, para las cuales se levantó en el crucero de la
catedral un complicado túmulo turriforme, denominado poéticamente
castrum doloris, con un alzado de tres pisos que llegaban hasta el
cimborrio, ornamentado con pendones colgantes y 100 hachas de cera y
rematado con una gran corona de la que pendía un cielo con flecos y doce
candelabros, en cuya construcción trabajaron 41 operarios (carpinteros,
escultores, pintores, peones y un sastre) durante 32 días.
Mayor
monumentalidad tuvo el túmulo que se erigió en el crucero de la iglesia
de San Francisco de A Coruña en octubre de 1598 para las exequias de
Felipe II, imponente máquina turriforme de estilo romanista levantada
sobre una plataforma de tres escalones y compuesta de tres pisos
cuadrangulares de dimensiones decrecientes con esquinas achaflanadas y
dos columnas en cada chaflán que soportaban arquitrabes y balaustradas.
En el tercero se colocaba el sepulcro simbólico cubierto de ricos
brocados. El remate eran dos alegorías de la Fe y la Justicia que se
alzaban sobre un zócalo ochavado. Tenía también Virtudes pintadas por
parejas en lienzos situados en los frentes del primer cuerpo del
monumento.
Pero sin duda habría que
calificar de austeras a estas exequias de los Austrias mayores, y a los
túmulos que en ellas se levantaron, en comparación con el fasto barroco
que se desplegó en las de los Austrias menores, de las cuales sabemos
que -en la época estudiada- se celebraron en Galicia en honor de
Margarita de Austria (1611), Felipe III (1621), Isabel de Borbón (1644)
y Felipe IV (1665).
Las exequias de la reina
Margarita de Austria fueron especialmente solemnes y fastuosas quizá por
la impresión que causó en el reino la noticia de su muerte a los
veintiséis años como consecuencia de su octavo parto, y porque la reina
tenía mucha relación con los Condes cortesanos gallegos de Lemos y
Monterrei y era prima del arzobispo de Santiago Maximiliano de Austria.
La Audiencia de A Coruña se adelantó a las demás ciudades organizando en
San Francisco el monumento, mientras que el Ayuntamiento lo hizo en la
Colegiata de Santa Mª del Campo. Más tarde también se hicieron en
Santiago (en febrero de 1612) levantándose en la Catedral el habitual
catafalco que según la relación manuscrita que se conserva en la
Biblioteca Nacional “era sumptuosísimo” y estaba ornamentado con
Virtudes acompañadas de versos y rematado con una cartela que decía: “Acá
quedan las Virtudes de la gran Reina de España / la Charidad la acompaña”.
En A Coruña además de
levantarse un impresionante monumento, tan elevado que obligó a abrir la
bóveda del cimborrio de San Francisco para acomodarlo, se convocó una
especie de certamen poético al que se presentaron obras en castellano,
latín y gallego. Estas piezas, así como la descripción del monumento y
de los actos que ante él se realizaron, fueron llevadas a la imprenta en
Santiago en 1612 con el título Relación de las exequias que hiço la
Real Audiencia del Reyno de Galiçia á la Magestad de la Reyna D.
Margarita de Austria, libro al que ya me he referido por incluir un
Diálogo misceláneo que parece inspirado en un Auto Sacramental.
De acuerdo con la
Relación, el túmulo coruñés, aunque inspirado en los austeros y
romanistas de los primeros Austrias, era ya un verdadero catafalco
barroco de planta centralizada y estructura de templete o baldaquino
ornamentado con abundancia de alegorías, lemas, jeroglíficos, aparato
emblemático, luces, colgarejos textiles y las inevitables Virtudes (en
este caso dieciseis) alusivas a las de la difunta. Remataba el conjunto,
como en el túmulo compostelano de Carlos I, con una gran corona.
Quizá sea
excesivo calificar a estas ceremonias como Teatro, con mayúscula, pero
drama y espectáculo sí debieron de ser y esa naturaleza teatral
subyacente en el ritual de las exequias ha sido destacada por muchos
autores y por los propios cronistas que parecen haber sido conscientes
de ella, al menos desde finales del siglo XVII cuando se afirma que
durante las ceremonias fúnebres, la iglesia se convertía “en el más
decente sitio y Real Teatro”, en el cual se representaba
públicamente el dolor de los ciudadanos, “teniendo así la Iglesia i
su Orador su correspondiente Teatro i Auditorio”. |

Túmulo levantado en San Francisco de A
Coruña para las exequias de Felipe II (1598). Reconstrucción según Adelaida Allo Manero.

Frontispicio de la Relación de
las exequias que hiço la
Real Audiencia del Reyno de Galiçia á la Magestad de la Reyna D.
Margarita de Austria, impresas en Santiago en 1612
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