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El Teatro en los
colegios de los jesuitas
La orden jesuita,
orientada casi desde sus comienzos hacia la enseñanza y la
formación, adoptó la modalidad de teatro escolar y la introdujo
en sus colegios con una triple finalidad: didáctica, moralizante
y propagandística. En la
Ratio Studiorum
que regulaba la enseñanza en los colegios jesuíticos hay dos
reglas para los Rectores que aluden al teatro. En la primera
(regla 13) se les ordena que las comedias se representen sólo en
ocasiones muy señaladas, siempre en lengua latina, que sean de
temas piadosos o sagrados y que no tengan papeles femeninos, y
en la segunda (regla 16), que se guarden las piezas,
seleccionadas por “el Prefecto de Estudios o jueces
competentes”, en las bibliotecas de los colegios. La segunda
regla siempre se cumplió, y ello nos ha garantizado la
conservación de centenares de obras, pero no así la primera.
Pronto se introdujeron las lenguas vernáculas y se amplió el
número y la temática de las representaciones, de modo que a
finales del siglo XVI, en los numerosos centros de enseñanza que
la Compañía tenía en Europa y América era costumbre representar
Églogas, Tragedias, Autos, Comedias y Entremeses,
de tema preferentemente religioso pero a veces profano, con
ocasión de las ceremonias de comienzo y final de curso, en las
fiestas del Corpus y en las de los patronos de los centros y de
las localidades en las que éstos se asientan, lo mismo que con
motivo de visitas de personajes importantes.
La producción teatral de los jesuitas es enorme y resulta
imposible intentar aquí siquiera un esbozo del cuadro de
difusión y el catálogo de las obras. En España se conservan más
de dos centenares, la mayoría mediocres pero algunas de alta
calidad literaria, muchas anónimas y otras de autores conocidos
(el Padre Azevedo, el P. Juan Bonifacio, el P. Hernando de
Ávila...) que cuentan entre los grandes dramaturgos del XVI, se
inspiran frecuentemente en el teatro de Plauto y Terencio, y
sirven de eslabón entre la generación de Lope de Rueda y las de
Lope de Vega y Calderón, no por casualidad educados en los
jesuitas.
En Galicia la presencia de los discípulos de San Ignacio
de Loyola fue temprana; tres Padres, procedentes de Braga,
estaban en Santiago en 1543, sólo tres años después de la
fundación de la orden, y en 1544 llegaron doce, procedentes de
Lovaina, hasta A Coruña donde predicaron con gran éxito unos
días antes de seguir hacia Coimbra. Tenemos también noticias de
una misión jesuita en Mondoñedo en 1547 y sabemos que en
Compostela intentaron, hacia 1551-52, hacerse cargo del control
del Colegio de Fonseca y, a través de él, de toda la
Universidad, entonces en proceso de reestructuración y
consolidación como institución académica. Los jesuitas contaron
con el apoyo del arzobispo Álvarez de Toledo y del conde de
Monterrei, Don Alonso de Acevedo y Zúñiga, albaceas
testamentarios del arzobispo Don Alonso de Fonseca, fundador del
Colegio compostelano. Álvarez de Toledo era amigo personal de
San Ignacio al que encarga una reforma del plan de estudios que
el santo envía en 1552 aunque no llega a entrar en vigor ante la
oposición de la ciudad que “no quería un Colegio sino una
Universidad honrada”, y del Claustro, dominado por los
benedictinos y los dominicos que solicitaron la intervención
real.
Quizá como compensación por este fracaso, el conde de
Monterrei funda y dota un Colegio de la orden en su villa natal
en 1555, el primero de los que tuvieron los jesuitas en tierras
gallegas, seguido en las décadas siguientes por los de
Compostela (1578) y Monforte (finales del XVI) y, ya en el siglo
XVII, por los de Ourense (1653-54), A Coruña (1673) y Pontevedra
(ca. 1685), lo que convirtió a la orden en la principal
institución dedicada a la enseñanza secundaria en Galicia.
De la documentación conservada se deduce la existencia,
por parte de los miembros de la orden, de una actitud que hoy
calificaríamos de “colonialista” ante la “gente inculta y
bárbara” del Reino de Galicia, y consta que los Padres
jesuitas no querían en general venir a colegios gallegos.
Sabemos también que la mayoría de los rectores y profesores
hasta el siglo XVIII eran foráneos, sin embargo, se prestó
cierta atención a la lengua del país ya que consta que en 1572,
con motivo de una celebración por el traslado de los restos del
Conde fundador del colegio desde Santiago a la iglesia
provisional del de Monterrei, con presencia de su nuera Dª Inés
de Velasco y de sus nietos D. Gaspar y D. Baltasar de Acevedo y
Zúñiga, los profesores y estudiantes redactaron:
“papeles de varias composiciones (...), en verso y prosa,
en lenguas latina, griega, hebrea, española, gallega y
portuguesa”.
Como sucedía en
el resto de los colegios de la orden, en los gallegos eran
habituales las representaciones teatrales en las fiestas
principales y con ocasión de las visitas de personalidades
importantes. En ellas actuaban los alumnos con el vestuario y
los decorados adecuados, poniendo en escena textos de los
profesores y de los alumnos o piezas de dramaturgos conocidos.
El público lo formaban el resto de los estudiantes y profesores
pero también, al menos en algunas ocasiones, frailes de otras
órdenes, autoridades y los habitantes de la villa en la que se
asentaba el Colegio e incluso de pueblos cercanos. No eran pues
simples actos académicos sino sociales y sin duda contribuyeron
a familiarizar al público gallego con el hecho teatral.
En el Colegio de Monterrei las representaciones comenzaron
casi en el mismo momento de la inauguración del centro (hay
datos desde 1558), y consta que el curso de 1561-62 “Los
gramáticos representaron un diálogo sobre la Penitencia,
representando sus papeles convenientemente revestidos con los
trajes que correspondían a sus personajes”. La
representación duró “casi seis horas (...) sin ningún
cansancio del auditorio” y “se tuvieron también otros
diálogos compuestos por los mismos alumnos”.
En el curso 1562-63 una carta del Padre Astete nos
informa que “se representó un coloquio de las ciencias, donde
decían todas que querían tomar como reina a la Teología y
disponerse para ella”, para lo cual “Aderezose bien la
clase”.
Las representaciones se repetían todos los años. En 1568
es el P. Juan Pérez, Prefecto de estudios, quien alabando las
habilidades literarias de los alumnos del colegio nos informa
que: “Hacen también sus diálogos y los representan en público
(...) en la fiesta de la Circuncisión representaron una comedia
con gran soltura y elegancia” a la que asistieron alumnos y
profesores, los abades del monasterio y “gente de los pueblos
vecinos”.
Era también
frecuente que se hiciesen representaciones para agasajar a
visitantes ilustres. Así sucedió en el curso 1568-69 según nos
dice el rector P. Francisco López: “Hízose una tragedia muy
sustancial con unas declaraciones en verso y prosa para la
venida del Obispo Tricio”, y en los de 1569-70 y 1571-72,
ante una visita del Provincial de la orden (“Hízose en su
presencia una tragicomedia la cual compuso el P. Juan Pérez
(...) y la intituló “El triunfo de paciencia” (trataba sobre
la historia de Job), y con motivo de la llegada a la villa de la
Condesa Dª Inés de Velasco y sus hijos: “hízoseles una
comedia célebre de la historia de Judit de que gustaron mucho”.
En otros colegios gallegos de la Orden los datos son más
escasos pero también hubo representaciones al menos en Santiago
y Monforte como se deduce de la documentación aportada por
Rivera Vázquez. En 1596 ejercía como maestro en el colegio de
Santiago el P. Francisco Pérez de Ledesma famoso escritor de “composiciones
y comedias”, actividad que le fue prohibida por el
Provincial aunque no debió de hacer mucho caso ya que al año
siguiente se le reprueba que hubiese escrito un diálogo para
representar en la iglesia de la Compañía en Compostela que
duraba “dos o más horas”. En Monforte, con motivo de la
llegada a la villa en 1594 del nuevo Rector, P. Gaspar Sánchez,
la Escuela de Niños, que ya estaba en marcha, “le representó
algunos diálogos de mucho gusto y entretenimiento” y en
fechas posteriores continuaron las representaciones destacando
por su rica escenografía barroca las asociadas con los festejos
por el centenario de la Compañía en 1640.
Probablemente
la mayor parte de estas obras se hacían en latín como prescribe
la Ratio Studiorum pero hay pruebas de que otras se
hacían en lengua vernácula o eran bilíngües. Sus autores fueron
en la mayoría de los casos profesores de fuera de Galicia aunque
también tenemos casos documentados de profesores gallegos que
escribieron obras de teatro como el P. Antonio Rodríguez,
natural de Vilaza (Monterrei), autor de un tratado de caligrafía
manuscrito de 1599 (Libro que contiene diversos alfabetos),
el cual según el Padre Valdivia “Tenía gracia particular en
hacer coloquios y representaciones santas y andanzas muy
graciosas en nuestras fiestas; y componía unos entremeses muy
graciosos y honestos con que alegraba a las innumerables gentes
que acudían a nuestras fiestas en Carnestolendas”.
La mayor parte de estas noticias sobre el teatro
jesuítico aparecen en la obra del Padre Valdivia sobre el
Colegio de Monterrei y eran accesibles desde la publicación del
libro de Evaristo Rivera, pero no habían sido tenidas en cuenta
por los historiadores del teatro en Galicia. Son, sin embargo,
de gran interés que se ve acrecentado por la conservación en la
Academia de la Historia madrileña de una de las piezas
representadas, escrita en latín, castellano, portugués y
gallego, inédita y desconocida hasta ahora por las historias del
teatro gallego.
La obra, titulada Egloga de Virgine Deipara [Egloga
a la Virgen Madre de Dios], es de indiscutible origen gallego ya
que su colofón nos informa de que fue representada el “año
1581 día de la Concepción de Nuestra Señora delante del Conde de
Monterrey”, al cual le pareció “larga de prosa, las
canciones parecieron algo largas”.
La pieza es efectivamente larga de prosa y verso,
artificiosa y de regular calidad pero resulta de gran interés
como testimonio de la existencia de teatro escolar en Galicia y
como precedente temático y lingüístico del
Entremés famoso
sobre da pesca do rio Miño
(1671) de Gabriel Feixóo de Araúxo.
Escrita la copia conservada de la Égloga por al
menos cinco manos, una rúbrica inicial añadida a posteriori con
la misma letra del colofón final nos informa: “Para la
introducción de la égloga se hizo este prólogo, y de camino dio
[el conde] los premios del primer certamen...”.
En el prólogo aludido, el autor da noticia en castellano de
su intención de honrar a la Virgen María con:
“Una égloga en que en estilo pastoril se pone en práctica
la mesma fiesta que se hace saliendo un pastor llamado Regiano
(...) el cual después de aber publicado su fiesta por todo el
reino (...) de todas las partes de donde suelen aquí concurrir
estudiantes (...) bendran [pastores] dos de los puertos, el uno
llamado Çalasio y el otro Marino, que en lengua griega y latina
significan una misma cosa, otros dos vendrán del Miño y del Sil,
llamado el uno Orminio y el otro Síleno, y otros de otras partes
quios nombres darán vien a entender las tierras de donde son.
Armarán así un justoso desafío sobre quien alabará mejor aquella
de quien todos somos (...) mui aficionados y debotos”.
Concluye el prólogo y sale Regiano quien tras cantar
alabanzas a María y convocar a todos a la fiesta termina con
estos versos:
“Deseo si pudiese que se
hiziese
con el culto posible
la fiesta que tenemos oi delante,
y que en las almas plante,
la Virgen sus amores
mostrándose propicia,
al reino de Galicia,
y haciéndonos a todos mil fabores...”
Salen a continuación
Çalasio y Marino que dialogan en latín informándose mutuamente
de sus respectivas procedencias. Entran después Orminio y Síleno
quienes, ya en castellano, pero con seseo, cantan las alabanzas
de la villa:
“...mas asmira a
Monterrei las altas casas
que ensierran la nobleza y señorío
de todas estas tierras por do pasas”
Tras encontrarse con
Çalasio y Marino que acuden convidados “a la solene fiesta
que Regiano/ oy haze en honra de la Virgen Pura”, se invitan
mutuamente a visitarse en su tierra y alaba cada uno las
bondades de su lugar de origen. La tierra de Orminio destaca
por:
“la leche, el requesón,
la mantequilla
el lomo del benado vien cosido
lacones, longanizas y morsillas
con el chorizo al humo renegrido”
La de Çalasio es un
prodigio de feracidad y en su descripción se explotan todos los
tópicos literarios de los locus amoenus:
“Allí verás los árboles
copados
los prados de nuevas flores llenos,
los guertos sabiamente cultibados,
las frescas fuentes i alamos amenos.
Los sitios i naranjos que cargados
de nuebo fruto no están aún ajenas
de las naranjas viejas que encojidas
tornan a ser de nuebo fruto henchidas.
Allí la ierba fértil y abundosa
engorda en pocos días las obejas,
allí la flor diversa i olorosa
da pasto a las solícitas abejas”
En la escena III del
primer acto hacen su aparición nuevos personajes cuyos nombres,
como se anunciaba en el prólogo, delatan su procedencia:
Sanabrius, Fenanio, Vianus y Consus. Todos se unen al coro de
alabanzas costumbristas a la tierra y sus productos, adobadas
con loas a María y a su “inmaculada concepción”, y
referencias a su papel como mediadora y protectora frente al
demonio:
“Que no me contento con
amarla
ni demandarla una sola cosa
que se que es poderosa en alcanzar
lo que ella quiera dar a sus queridos
mas pido con gemidos que me encienda
en su amor y defienda del pecado
y esté a mi lado al tiempo de mi muerte
y a mí me haga fuerte y animoso
contra el dragón ansioso que ha de estar
para atrapar mi alma si pudiere”
Terminado el primer acto
una rúbrica nos informa que se hizo un descanso para “dar los
premios a los poetas”.
Se reanuda la función (Act. II, Esc. I) con la aparición en
escena de Lusitanus y Castellanus. El primero, con la tópica
hipérbole de los portugueses, compara la tierra de Monterrei con
la de Portugal “de tra los montes, porque a terra que esta
alen do Texo non na a no mundo millor”. El castellano por su
parte pregunta al portugués si ha pasado a Galicia “después
que los reinos se an juntado”, en evidente alusión a la
unión de España y Portugal en 1580 bajo la corona de Felipe II.
El resto de la conversación entre el lusitano y el
castellano se convierte en una apología de la unificación y de
la hermandad hispano-portuguesa, y una crítica feroz a Don
Antonio, el Prior de Crato, hijo bastardo del infante D. Luis
que aspiraba a la corona y fue proclamado rey por el pueblo y el
bajo clero portugués frente a Felipe II.
Castellanus, muy diplomático, halaga constantemente a
Lusitanus y reconoce los méritos de Portugal “a quien si la
fortuna uviera sido faborable le fuera poco un mundo, según los
grandes ánimos conque siempre an acometido empresas
dificultosísimas por mar y por tierra”. Lusitanus, tocado en
su punto débil, añade: “... fora diso ten a cidade de Lisboa
a qual os que a viron poden deser que viron todo o mundo”.
Continúa el castellano recomendando a los lusitanos “mucha
lealtad (...) a vuestro legítimo y verdadero rey (...),
olvidando a don Antonio a quien Dios a abatido y humillado como
a tan soberbio y arrogante”.
El portugués, convertido a la causa felipista, exclama:
¡Não me nomeis ese ome que nos quemou as entrañas e nos destruyo
nosas terras, home por quien tanto sangue de cristian se
derramou!, en clara alusión a los excesos cometidos por las
milicias del Prior de Crato que, derrotadas el 25 de Agosto de
1580 en Cascais por el Duque de Alba, se retiraron
desordenadamente hacia el norte, saqueando y robando, lo que les
granjeó la enemistad de la población.
Las referencias a la unificación terminan con un lamento
de Lusitanus : “foi castigo de Dios que quiso abaixar nosa
soberba pois en tan poco tenpo perdemos dous reis e tantos
principes e infantes...”, en el que alude a la desaparición
de la flor y nata de la nobleza portuguesa en la batalla de
Alcazarquivir, la muerte del rey Don Sebastián (1578) y la de su
tío y sucesor el cardenal-infante Don Enrique (1580) que dejó el
trono vacante y abrió el camino para la unión de los reinos.
Regiano que había aparecido en escena durante la
conversación anterior, recuerda el motivo de la reunión y fiesta
y comienzan las alabanzas a María (“niso não daremos ventaxe
os portugueses a ninûa outra naçon”, dice Lusitanus),
seguidas de un pormenorizado catálogo de santuarios de la Virgen
y de las imágenes marianas más veneradas en Castilla y Galicia
así como de los milagros a ellas atribuidos. La réplica de
Lusitanus roza la caricatura:
“Eu concedo que os castelaos tem muytas imagens de Nosa
Sra. e romarias de muyta devaçaon e que en Galiça seia tambien
esta serenissima virgen reverenciada porem nao tem que ver con
Portugal. Huâ cousa vos quero decir que si a madre de Deos
quisera vir agora a morar a terra a nihûa outra parte vira de
millor vontade que a Portugal (...). En soa hûa cidade [Lisboa]
a mais memorias e templos de Madre de Deos que en toda a
Castella e Galicia juntas (...) poys con o aceyte e cera que ali
se gasta nas lamparas cada mes poderas vosoutros pasar muitos
anos”.
Pero el castellano,
conciliador, dice no ponerlo en duda, pide detalles sobre las
imágenes más famosas y promete “si Dios a mi me da salud”
acudir en “romeria” a visitarlas.
El acto III comienza con la llegada de los demás pastores
y el encuentro en escena entablándose un rápido diálogo en el
que intervienen todos, primero en latín y luego en castellano, y
deciden entonar canciones en honor de la Virgen. Son en total
cuatro, efectivamente “algo largas”, y concluyen con todos de
rodillas haciendo cada uno su petición a María. Veamos la
súplica pacifista de Viano:
“Yo te supplico y pido
princesa de los cielos
que las pasadas guerras y amarguras
que en Portugal a avido
conviertas en consuelo
y en amorosa paz las armas duras.
Y hagas ataduras
tan firmes y tan fuertes
entre los coraçones,
que cesen dissensiones
trabajos, alborotos, robos, muertes
y bivan como hermanos
gallegos, portugueses, castellanos”.
y su himno final, en
correcto gallego:
“Viva!, Viva!, Viva!
Philippo en Portugal
Castela e Galicia
con grande irmandad.
Vivan os galegos
e os castelás
e os lusitanos
seglares e crego[s]
no aia mays renegos
nem guerra ne afan”
La obra tiene
como vemos una clara dimensión propagandística y fue redactada
sin duda con la intención de halagar al Conde de Monterrei, D.
Gaspar de Azevedo y Zúñiga, que se encontraba en la villa tras
organizar un ejército y unirse en Verín a las tropas del Conde
de Lemos para hostigar en su retirada a los partidarios de D.
Antonio y someter Chaves que se resistía a reconocer como rey a
Felipe II. La fecha escogida obligaba a la temática mariana que
debió de ser frecuente en las representaciones del Colegio de
Monterrei, puesto, por deseo expreso de su fundador, bajo la
advocación de Santiago el Mayor, aunque tenía también a la
Virgen como patrona porque los Padres habían llegado a la villa
un 24 de marzo, víspera de la fiesta de la Anunciación.
Ya en el curso 1578-79 se había creado en Monterrei la
Congregación mariana, una institución muy habitual en los
Colegios de la Orden y con este motivo se había convocado un
certamen literario en cuya entrega de premios “diose fin a la
fiesta con un gracioso diálogo en el cual se mostró cuanto
importaba a un cristiano ser devoto de Nuestra Señora”. De
esta noticia y de la existencia de la Égloga puede
deducirse que las representaciones de temática mariana debieron
de ser habituales en el Colegio de Monterrei durante las fiestas
del 25 de marzo.
Los que se han ocupado del estudio del
Entremés famoso
sobre da pesca do rio Miño,
pieza aparentemente insólita en el panorama teatral gallego del
siglo XVII, han recurrido en general para explicarla a suponer
la existencia de una
tradición entremesística popular
hoy perdida pero viva en la memoria de la gente, que sigue
denominando entremeses a las representaciones carnavalescas (Oimbra
y la zona del Ulla, por ejemplo), y en algunas escenificaciones
populares de “contos” como las de Sergude, Melide y Lubián que
pervivieron hasta tiempos recientes.
Sería demasiada casualidad que se nos hubiera conservado
la única pieza que se escribió en la época y una lectura atenta
del Entremés demuestra que no puede tratarse de una pieza
aislada ya que la técnica utilizada delata un conocimiento, si
quiera somero, de los recursos propios del género teatral, e
incluso se han visto influencias del teatro de Gil Vicente y de
la Propalladia de Torres Naharro. Estas influencias
podrían haberle llegado a Feixoó a través del conocimiento de
las representaciones teatrales de compañías ambulantes
castellanas que tenemos documentadas a lo largo del siglo XVII
actuando en el Corpus y en las fiestas patronales de las villas
y ciudades gallegas contratadas por los gremios, los
ayuntamientos y los cabildos catedralicios.
Creo, sin embargo, que a la vista de la Égloga de
Monterrei hay que ampliar las fuentes de la obra de Feixóo de
Araúxo. La Égloga prueba la existencia de una tradición
de piezas bilingües en las que la lengua, como sucede en el
Entremés, se utiliza como elemento caracterizador de la
procedencia social o geográfica de los personajes. Por otra
parte, la coincidencia en tomar como punto de partida un
acontecimiento bélico (la guerra de Sucesión de 1580 en la
Égloga y la de Restauración portuguesa de 1669-70 en el
Entremés) y la moraleja final con el hermanamiento entre
gallegos y portugueses lleva incluso a preguntarse si Feixóo
conocería directamente la pieza de Monterrei o alguna semejante,
hoy perdida.
Existe un lapso de noventa años entre la representación de
la Égloga y el Entremés de Feixoó de Arauxo pero
no es imposible que éste conociese el texto de Monterrei que
pudo seguir representándose en el Colegio en las fiestas del 25
de marzo. Monterrei era a mediados del XVII el colegio jesuita
más importante de Galicia y el mayor centro de enseñanza
secundaria del país, con más de 1000 alumnos y una treintena de
profesores. Es muy probable que en él estudiase el bachiller
Arauxo de cuya obra se ha deducido que debió de vivir parte de
su vida en la zona de Ourense y cuyo linaje, unido por estrechos
lazos con la casa condal de Monterrei, procedía de Celanova
según testimonian Vasco de Aponte y los genealogistas del siglo
XVIII.
No creo casual que tanto la Égloga, como el
Entremés pertenezcan a lo que podríamos denominar teatro
de frontera, un subgénero en el que la “raya” y el
conflicto-hermanamiento fronterizo juegan un papel fundamental
en el desarrollo de la peripecia dramática. Este tópico debió de
ser extraordinariamente popular en Galicia lo que explicaría su
aparición en algunas obras del “ciclo galaico” de Tirso de
Molina, especialmente en la comedia titulada Mari-Hernández
la gallega en la que late también la idea de la
rivalidad-hermandad entre gallegos y portugueses y en la que
Tirso emplea el gallego en algunos diálogos (unos 60 versos) y
hace constantes referencias a los conflictos fronterizos con los
portugueses, de nuevo en un contexto bélico: el de la guerra
hispano-portuguesa mantenida por Felipe III.
Sin trasunto bélico, encontramos de nuevo el tópico de la
reyerta-hermanamiento con los vecinos portugueses en la única
obra teatral en gallego que nos ha llegado del siglo XVIII, una
pieza conocida como el Entremés del portugués descubierta
y publicada por José Luis Pensado quien no indica donde la
encontró aunque afirma que es una copia apógrafa y atribuye al
copista castellano la castellanización de algunos fragmentos. La
existencia de esta pieza en la que, como en el Entremés,
se caracteriza el habla de los personajes portugueses con la
grafía nh, que no tiene repercusiones fonéticas, lleva a
pensar que estaban destinadas a la imprenta y a sospechar que en
Galicia pudo haber existido una literatura de cordel
similar a la que en el siglo XVIII conquistaba los mercados
castellanos y portugueses. |