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Representaciones de la Pasión
Se ha cuestionado el origen de las Pasiones medievales en sus ramas
latinas y vernáculas y se especula con el papel que las Pasiones
narrativas y las Pasiones juglarescas jugaron en el desarrollo de los
dramas de Pasión pero permanece todavía en vigor la tesis evolucionista
que ve en las Pasiones medievales un desarrollo de la ceremonia
litúrgica de la Depositio que se celebraba en numerosas iglesias
el Viernes Santo.
Comenzaba el ritual sacando el crucifijo en procesión
solemne, a continuación tenía lugar el rito de la Adoratio Crucis
el cual desde el siglo X se desarrollaba con dos diáconos llevando una
cruz cubierta con un paño que iban descubriendo gradualmente al tiempo
que se cantaba el popule meus –conocido popularmente como los
Improperios– adorando luego la cruz y besando el madero todos los
miembros de la congregación. Posteriormente se introducía la cruz o una
imagen de Cristo en el sepulcro (la Depositio propiamente dicha)
en el cual permanecía hasta el Domingo de Resurrección, cuando se
deshacía la mortaja y Cristo salía de la tumba o se retiraba la cruz y
se colocaba de nuevo solemnemente en el altar mayor (Elevatio).
Durante los siglos X-XII, en la mayoría de los casos,
la dificultad práctica que presenta su realización se solucionaba de una
manera simbólica, colocando un pequeño crucifijo o una cruz procesional
en el sepulcro –normalmente el propio altar–. En algunos casos el
crucifijo era sustituido por una hostia consagrada y en pocas ocasiones,
ya en el siglo XIII, por una imagen. Sin embargo, desde mediados del
siglo XIV, el deseo de realismo lleva a la aparición de crucifijos en
los que la efigie de Cristo tiene los brazos articulados y puede
ser separada de la cruz lo que permite llevar a cabo sin dificultad las
ceremonias a las que ahora podemos denominar Desenclavo,
Descendimiento y Entierro. Desde finales del siglo XII (Pasión
de Montecasino) aparecen textos, primero latinos y luego en
vernáculo, y lo que en principio era una ceremonia mimada o con textos
litúrgicos, se convirtió en un verdadero drama en el que intervenían
actores (Nicodemo, José de Arimatea, las Marías...) que representaban un
libreto.
La presencia de este tipo de imágenes articuladas,
conocidas en todas las regiones de Europa, supone un testimonio evidente
de la existencia de representaciones teatrales, al menos mimadas, muchas
de las cuales perviven en la actualidad o han pervivido hasta tiempos
recientes.
En España tenemos noticias de un Descendimiento
en 1355 en la plaza de Pollença (Mallorca) pero no sabemos si se
utilizaba un crucifijo con brazos móviles, elemento que tenemos
documentado por vez primera en Europa en el convento de benedictinas de
Barking (Essex, Inglaterra) en 1370. Un relato más detallado del
desarrollo del rito lo encontramos, hacia 1489, en un Ordo
procedente de la abadía de Prüfening, en las proximidades de Ratisbona.
En ambos casos, además de las imágenes intervienen actores reales (“Sacerdos
repraesentabit personam Christi”, dice una rúbrica de Barking). En
España conocemos con bastante precisión como se desarrollaba la
representación del Devallament de la Creu de la Catedral de
Mallorca (ca. 1480) ya que en el siglo XVII (1691) ante los intentos de
prohibición del obispo Pedro de Alagón, el cabildo de la catedral de
Palma recurrió a Roma y elaboró un dossier en el que se incluye una
descripción completa de la ceremonia, los textos en mallorquín que se
utilizaban y dos dibujos, uno de la planta de la Catedral indicando la
situación de los diferentes escenarios, y el otro con un estudio de
todos los elementos y personajes que intervenían en la representación.
Si pasamos al terreno del arte, desde el siglo XII proliferan
los Calvarios y Descendimientos de madera (varios casos en Galicia) cuya
finalidad resulta controvertida pero a los que la mayoría de los
estudiosos vinculan con la liturgia pascual y asignan un papel en el
desarrollo del drama litúrgico de la Depositio. Algunos de estos
Calvarios primitivos tienen Cristos con brazos articulados
(Descendimiento de Taüll, fragmento de la iglesia de Mig-Aran (Lérida),
fragmento de S. Miguel de Viella (Lérida), s. XII) si bien es probable
que se trate de modificaciones realizadas en siglos posteriores para
adaptarlos a la realización de la nueva ceremonia-representación.
Los grupos escultóricos del Calvario y el
Descendimiento con figuras estáticas van desapareciendo en el siglo XIV
y en su lugar encontramos por toda Europa crucifijos con Cristos
articulados y tecas eucarísticas que prueban que los ritos de la
Depositio se realizaban con actores reales que representaban a
Nicodemo y José de Arimatea los cuales desenclavaban a la imagen, la
bajaban de la cruz y la depositaban en la urna.
En la Península son numerosos los crucifijos
articulados, algunos tan famosos como el Cristo de la Catedral de
Burgos, de madera forrada de piel de búfalo, brazos plegables, cabeza
móvil, cabello, barba y uñas humanos, del que una leyenda sostiene que
le tendió sus brazos a Isabel la Católica. En Galicia son especialmente
abundantes (cinco casos medievales –cuatro del siglo XIV y uno del XV–,
a los que habría que añadir varios más de los siglos XVII-XIX), indicio
claro de la extensión geográfica y cronológica que las aludidas
representaciones tuvieron en tierras gallegas.
Similares al de Burgos, aunque quizá algo anteriores,
son el Cristo de Sta. Mª das Areas de Fisterra y el Santo Cristo de la
Catedral de Ourense, ambos obras probablemente del mismo autor. Del
segundo tercio del siglo XIV es el ejemplar del Museo Diocesano de Tui,
procedente del convento de Sto. Domingo de la villa y relacionado con
algunos Cristos vallisoletanos (tipo Cristo de Portillo). Hacia 1355 se
puede fechar el cristo articulado de San Pedro Félix de Hospital de O
Incio (Lugo) y más tardío (segunda mitad del XV) es el de la sacristía
de la Iglesia parroquial de Vilabade (Lugo).
La abundancia de crucifijos articulados en
Galicia concuerda con otras noticias que confirman la existencia de este
tipo de ceremonias dramáticas (las Constituciones sinodales de Mondoñedo
(1541) nos informan de la existencia de representaciones de Semana Santa
y el relato del visitador de Muxía (1547) de “representaciones de la
pasión de Nuestro Señor”) y con las numerosas noticias de ritos
similares en el área portuguesa, lo que lleva a pensar que éstas
representaciones de Pasión debieron de ser abundantes en Galicia entre
los siglos XIV-XIX.
Tenemos además noticias de otras ceremonias del
Desenclavo desaparecidas a finales del XIX como la que se representaba
el Viernes Santo en la Iglesia de Santo Domingo de Santiago cuyo
dramatismo hacía brotar el llanto y los gemidos de los fieles, la de
Lugo, celebrada al principio en la Iglesia de la Soledad y más tarde en
la de San Francisco, la de Ourense donde el Cristo una vez desenclavado
se metía en una urna de cristal (Depositio) o la de Pontevedra, seguida
de una procesión del Entierro que recorría la ciudad entrando en
diferentes iglesias. Hasta hace cincuenta años pervivieron
representaciones similares en Sta. Mª de Augasantas, Ribadeo, Mondoñedo,
Pontedeume, Santa María de Oirós, Allariz y Verín, y todavía hoy se
continúa haciendo el Desenclavo -con Cristos articulados de los siglos
XVI-XVIII- en Viveiro, Tui, Xunqueira de Ambía, Celanova, Cangas, Noia,
As Ermitas... y en Fisterra, donde en la actualidad un Cristo moderno
sustituye al famoso señor da barba dourada, en la representación
del Descendimiento.
No es fácil precisar la antigüedad de estas representaciones ya que
de la mayoría de las que perviven en la actualidad o han pervivido hasta
tiempos recientes, sólo tenemos noticias desde el siglo XIX. Sin
embargo, algunos indicios apuntan a un origen muy anterior. La
existencia de cristos articulados desde el siglo XIV, las noticias del
siglo XVI sobre representaciones de la Pasión y algunos testimonios
artísticos autorizan a pensarlo así.
La representación de Fisterra, a la que ya me he
referido por incluir la escena de la Resurrección, tiene lugar en una
localidad estrechamente conectada con Santiago y con el culto jacobeo, y
en un “escenario” (el monte de San Guillerme) que debió de ser un lugar
sagrado desde la prehistoria, siendo cristianizado más tarde con una
iglesia medieval.
En la actualidad, el ciclo de Fisterra comienza el Jueves Santo con la
representación de la Santa Cena y el Lavatorio en un tablado levantado
en el presbiterio de la iglesia de Santa María das Areas. Intervienen en
la escena, mimada siguiendo el relato de tres narradores, un sacerdote
con dalmática representando a Cristo y los marineros de la localidad
vestidos con ropas de aguas como los doce apóstoles. A continuación se
celebra la Misa y, concluida, sale por el pueblo la procesión del Huerto
de los Olivos y se representa en un huerto improvisado con pinos, ramas
y luces el encuentro entre Cristo y Judas y la prisión de Jesús -un
actor que ha sustituido a la imagen- en una casa de la villa.
Al día siguiente, Viernes Santo, sale de la “prisión”
una procesión con la imagen de Cristo con la cruz a cuestas escoltada
por soldados romanos que la llevan con una soga atada al cuello
saliéndoles al encuentro las imágenes de la Virgen y la Verónica que
muestra la Santa Faz. Por la tarde, de nuevo en la iglesia, tiene lugar
el Desenclavo, una ceremonia en la que los vecinos, representando a los
personajes bíblicos (Nicodemo, José de Arimatea etc.), retiran los
clavos del crucifijo, pliegan sus brazos y lo descuelgan de la cruz con
la ayuda del sudario, situándolo sobre los brazos de la Virgen que, en
forma de Piedad, lo ofrece a la contemplación de los fieles. La
ceremonia no tiene diálogos, es simplemente un mimo realizado al ritmo
del relato de un orador que va describiendo los acontecimientos y dirige
con sus palabras los movimientos de los actores. Terminado el
Desenclavo, sale la procesión del Santo Entierro que concluye a media
noche depositando la imagen en el sepulcro de granito construido al
efecto en la ladera del monte de San Guillerme en el que se encuentra la
iglesia.
El plato fuerte del ciclo es la escena de la
Resurrección que se representa el domingo por la mañana. El sepulcro del
monte de San Guillerme se encuentra custodiado por soldados romanos que
huyen despavoridos al oírse el trueno-petardo que anuncia la
Resurrección. Aparece entonces un ángel, encarnado por un niño o niña de
la localidad, que abre la puerta del sepulcro y se sienta en una piedra
a la espera de las Marías que llegan con los ungüentos. Tras la sorpresa
de éstas por encontrarse el sepulcro abierto y vacío se entabla el
siguiente diálogo en castellano:
ANGEL: ¡Hijas de Salén!. ¿Por qué tristes y llorosas os postráis de
hinojos? ¿por qué llanto? ¿por qué lágrimas en los ojos? ¿qué queréis?
¿a quién buscáis?
MAGDALENA: ¡A Cristo!
OTRA MARIA: ¡Al que murió crucificado por nosotros!
ANGEL: No está aquí. Bien lo observáis. ¡Jesús ha resucitado! No
busquéis entre los muertos al que reina vivo. Cumplida está su profecía.
Id y dad en este día tan grata nueva a sus discípulos.
Entre gestos y expresiones de estupor las Marías
corren ladera abajo para encontrarse con Pedro y Juan, les comunican la
buena nueva y suben todos hasta el sepulcro donde comprueban que está
vacío y el sudario abandonado.
Entre tanto, se acerca, traída en andas, la imagen de Nosa Señora das
Areas a la que se dirigen las Marías dándole cuenta de la Resurrección
de su Hijo. Termina el ángel recomendando difundir la noticia por todo
el mundo y, entre aleluyas, se izan banderas, suenan los cohetes y la
música, y un coro de niños vestidos de blanco entonan en versión
castellana el Victimae Paschali al tiempo que danzan con arcos.
A continuación se celebra la misa y,
al regresar la imagen al templo, una docena de chicas vestidas con
trajes típicos –la memoria popular recuerda cuando eran varones con
trajes multicolores y espadas-, ejecutan en el atrio la “Danza das Areas”
al ritmo de los golpes que ellas mismas dan con dos palos y acompañadas
de las gaitas que entonan una melodía tradicional.
Parece claro que en su forma actual la
representación no debe de ser anterior al siglo XX pero veo muy probable
que se trate de la pervivencia, retocada por las intervenciones de
sucesivos párrocos y organizadores, de un antiguo drama cíclico de
Pasión y Pascua. Hay quien ha datado en el siglo XI la música de la
“Danza das Areas” con la que concluye la procesión del Domingo de
Resurrección, fecha poco creíble para situar el origen de la
representación finisterrana, máxime cuando los estudios actuales tienden
a fechar la “Danza” a finales del XVII o principios del XVIII. Sin
embargo, la fecha del Cristo de Fisterra, datado a mediados del siglo
XIV con sólidos datos documentales y estilísticos, es incontrovertible y
hace pensar que el Auto de Fisterra tenga su origen en
dicha centuria, lo que concuerda con las fechas de otros muchos Cristos
articulados y ceremonias del Desenclavo que, como hemos visto, fueron
conocidas en otros lugares de Galicia, incluyendo el área de Fisterra
donde tenemos documentadas representaciones de la Pasión en Muxía en el
siglo XVI y todavía pervive en Laxe una Pasión popular desprovista de
vestuario y escenografía, conservándose sólo los versos, transmitidos de
padres a hijos y recitados por los habitantes de la villa al paso de las
procesiones del Viernes Santo y el Domingo de Resurrección.
Otro
caso muy interesante de Desenclavo litúrgico que todavía se realiza en
nuestros días y que está documentado desde 1672, es el que tiene lugar
en la iglesia parroquial de San Martín de Moaña (Pontevedra). Las
Hordenanzas y constituciones de la Sancta Cofradía de la Virgen de la
Soledad de la villa moañaesa, estudiadas por M. Uxío García
Barreiro, describen con detalle la ceremonia y mencionan la existencia
de un Santo Sepulcro.
Pueden servir también como prueba de la
existencia de ceremonias del Desenclavo en tierras gallegas durante el
siglo XVI un grupo de relieves con la escena de la Depositio de
Cristo que se encuentran en los atrios de varias iglesias gallegas (S.
Pedro de Bordóns (Sanxenxo), San Salvador de Meis, Arcos de Furcos (Cuntis),
Sta. Mª de Fragas (Campo Lameiro), Barrantes (Ribadumia ...), algunas en
localidades en las que todavía se representa la Pasión (Paradela-Meis) o
se representaba hasta hace pocas décadas (San Martiño de Borela,
Cotobade).
La presencia en la práctica totalidad de estas
piezas de la cruz y la escalera, y en varias de los instrumentos del
desenclavo (martillo, tenazas), así como la rigidez de los Cristos que
parecen claramente figuras articuladas, invita a pensar que sus autores
pudieron haber contemplado ceremonias dramatizadas del Desenclavo y el
Entierro que serían cosa frecuente ya en el siglo XVI, centuria a la que
pertenecen los relieves.
Por otra parte, la ubicación de estas piezas en
los atrios de las iglesias, en ocasiones tras un banco de piedra o
pousadoiro, formando claramente un escenario (Arcos de Furcos, Cotobade...),
parece indicar que se utilizaron en representaciones de la Pasión o al
menos en el curso de procesiones del Entierro el Viernes Santo. Hay que
tener en cuenta, sin embargo, que en la mayoría de los casos se trata de
piezas reutilizadas procedentes de antiguos baldaquinos y que su
colocación en los atrios debió de realizarse como muy pronto en el siglo
XVIII.
Testimonio de la larga pervivencia de estas prácticas
dramáticas lo tenemos de nuevo en el arte en algunos cruceiros con
desencravo del siglo XIX (Hio, Eiroa, Berrimes, etc.) en los
que, como ya apuntó Castelao, el carácter de inmediatez, de cosa vista,
que tienen sus escenas –sin duda más evidente cuando lucían su
policromía original-, es síntoma de que sus autores conocían estas
ceremonias dramáticas que debieron de ser muy frecuentes en los atrios
de las iglesias gallegas. Castelao no concreta más pero un análisis
minucioso de las piezas muestra en efecto rasgos iconográficos que
parecen directamente inspirados en las ceremonias del Desenclavo. En el
de Hío, por ejemplo, los ángeles sostienen al pie de la cruz la cartela
del INRI y la corona de espinas, los primeros elementos que se retiraban
a los Cristos en los Desenclavos gallegos, y los brazos del crucificado
han sido desclavados pero no los pies ya que éste era el último clavo
que se sacaba en las representaciones.
En Hío, Cristo cuelga de un sudario que pasa bajo sus axilas a modo de
soga que hace polea en los brazos de la cruz y permite bajar el cuerpo
lentamente, justo el procedimiento utilizado en las Pasiones y
Desenclavos, tanto gallegos como de otros lugares, para hacer descender
la figura de madera articulada. Todos estos rasgos aparecen reunidos en
las ceremonias del Desenclavo de Augasantas y San Martín
de Berducido (Cotobade), ceremonias que pervivieron hasta el siglo XX y
que el autor del cruceiro Ignacio Cerviño, natural de Cotobade, debió
sin duda de conocer.
Del mismo modo, la existencia de calvarios con
tres cruces como los de Bueu (Pontevedra), Castro Barbudo (Ponte
Caldelas, Pontevedra) y Beade (Ourense), este último dispuesto
teatralmente sobre un podio como fondo de un escenario arquitectónico
barroco cuidadosamente pensado para servir de marco a los ritos
dramáticos de la Semana Santa, invitan a pensar que las Pasiones y
Desenclavos debieron de estar ampliamente extendidos por Galicia en los
siglos XVIII-XIX. |

Ángeles en el tímpano del Pórtico
de la Gloria llevando la cruz manu velata como los diáconos
en las ceremonias de la Adoratio crucis.

Cristo articulado utilizado en representaciones
del Descendimiento
Hospital de O Incio (Lugo, c. 1355)

Cristo articulado utilizado en representaciones
del Descendimiento
Museo Diocesano de Tui (c. 1340)

Auto de Fisterra, los soldados romanos
huyen al abrirse el sepulcro (Foto en GONZALEZ REBOREDO (1997), p.
326)

Auto de Fisterra, diálogo entre las
Marías y el Ángel (Foto en GONZALEZ REBOREDO (1997), p. 327).

Desenclavo de Cristo
en la iglesia parroquial de San Martín de Moaña (Pontevedra). Foto por
cortesía del estudioso de la localidad, Manuel Uxío García Barreiro

Deposición de Cristo. Relieve en el atrio de
la iglesia del Divino Salvador de Meis (Pontevedra) Siglo XVI

Cruceiro de Hio
(Cangas, Pontevedra, 1871-72)

Calvario de Beade
(Ourense, siglo XVIII)
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