Es 31 de julio de 2002, cuando nos disponemos a meter todo nuestro equipaje junto con las bicis en una furgoneta que previamente habíamos alquilado. Al final, debido a circunstancias diversas, el viaje sólo lo íbamos a hacer esta vez mi hijo Pablo, su amigo Juan Luis y yo. Ya que el resto de nuestras familias se quedaban en casa, no podíamos permitirnos el lujo de prolongar demasiado nuestra aventura. Habíamos previsto hacer el recorrido en diez etapas. Yo no lo tenía muy claro pues no sabía si sería capaz de aguantar el ritmo de los más jóvenes; de todas formas lo iba a intentar.Todo eran nervios, pues por un lado nos habían entregado una furgoneta mayor de la que necesitábamos y a la hora de conducirla parecía que me iba a faltar carretera, y por el otro, el afrontar aquello que con tanta ilusión habíamos estado preparando y que por fin ya había llegado. Son sensaciones difíciles de explicar. A las cuatro y media de la tarde ya teníamos todo dentro de la furgoneta y después de despedirnos de la familia, nos dispusimos a partir camino de Roncesvalles. Aunque íbamos a dar un poco de rodeo, teníamos previsto bajar hasta Valladolid, para luego ir directamente hacia Burgos, Logroño y Pamplona.
El viaje fue de lo más
tranquilo. Paramos después de Tordesillas a tomarnos nuestros
bocatas y estirar un poco las piernas.
A las nueve y media del día
primero de agosto, llegábamos sin novedad al lugar de
partida; aunque, eso sí, con un poco de sueño.
Nos dirigimos antes de nada al albergue con el objeto de coger
la credencial y, si era posible, que nos dieran alojamiento.
Con lo primero no hubo ningún tipo de problema, pero con
lo segundo iba a ser imposible pues en la puerta ya rezaba un
cartel que decía que durante los meses de julio y agosto
para los peregrinos en bici no había sitio. Bueno, ¿qué
le vamos a hacer?. Al lado se encuentra el hostal La Posada,
y antes de descargar la furgoneta, nos dirigimos allí
para preguntar si tenían habitaciones.
Así lo hicimos y después
de esperar unos minutos, nos ofrecieron una estupenda habitación
para cuatro personas y por un precio más que razonable.
Nos dispusimos a llevar todo el equipaje y las bicis nos las
guardaron en el almacén de bebidas. ¡Todo arreglado!.
Como en Roncesvalles no hay sitio para entregar la furgoneta, nos fuimos a llevarla a Pamplona y así aprovechamos el resto del día para recorrer tan bonita ciudad. Recorrimos la famosa calle Estafeta, mirando de vez en cuando atrás, por si acaso... El tiempo se nos fue volando y sin darnos cuenta eran ya más de las cinco de la tarde. Había que ir a la estación de autobuses para coger el autobús que nos tenia que llevar de vuelta a Roncesvalles. Sólo hay uno diario, de la empresa "La Montañesa" y nos han dicho que sale a las seis en punto.
Cuando llegamos a la estación contemplamos con asombro la cantidad de personas que esperaban allí para subir al autobús; tanta que al final fueron cuatro los autobuses que subieron a Roncesvalles, todos llenos de personas, equipajes, bicis y por supuesto de ilusiones... Al día siguiente todos teníamos en mente lo que íbamos a comenzar y el reto que teníamos que afrontar. Llegamos a Roncesvalles con idea de asistir a la misa-bendición que allí ofrecen a los peregrinos que comienzan el camino, pero el tiempo se nos echó encima, y cuando nos quisimos dar cuenta, la hora había pasado. Tomamos un bocata de chistorra en el propio hostal y nos fuimos a dormir para estar lo más descansados posible, pues el primer día sabíamos que sería uno de los más duros; primero por la orografía del terreno y luego, porque sería el primer contacto con la bici cargada con las mochilas y todo lo demás.