Dormimos toda la noche de un tirón. A las siete nos comenzamos
a levantar y como hasta las ocho y media la cafetería
no habría para desayunar, nos lo tomamos con calma. Colocamos
todo en las bicis y llenamos los bidones de agua fresca en la
fuente que hay a la izquierda, antes de coger el camino de a
pie. Charlamos un rato con un chico que ya era la cuarta vez
que lo hacía, dos en bici y ahora lo haría por
segunda vez andando. Mientras se echaba crema solar, nos dimos
ánimos mutuamente, a la vez que nos deseamos buen camino.
Ya era hora y nos fuimos a desayunar. A las nueve en punto comenzamos
a dar los primeros pedales. Quiero resaltar que desde un principio
nuestro propósito era ir siempre por camino de a pie y
no coger más carretera de la que fuera necesaria. Alguien
nos comentó que había un dicho que decía
que "unos van a Santiago y otros hacen el camino de Santiago".
No se trata de analizar, ahora, desde aquí, lo que es
mejor o más meritoso; sino, que nosotros disfrutamos mucho
con la naturaleza y creemos que haciendo el camino de a pie,
es la mejor forma de estar en contacto con ella, y de paso, disfrutar
de la bici de montaña. 
Nada más comenzar a bajar la carretera desde el hostal, nos encontramos con un desvío a la derecha que se mete directamente por camino de a pie y a través de una hermosa vegetación. El camino que transcurre desde aquí hasta Pamplona es de lo más bonito. Para todo aquel que le guste la bici de montaña y la naturaleza creo que aquí podrá encontrar todo lo que busca; eso sí, es un recorrido muy duro. Continuamente subes y bajas. El suelo tan pronto es de tierra, como empedrado o con raíces. El ritmo se corta contínuamente con pequeñas puertezuelas que evitan que el ganado pasen de un sitio a otro y hay que dejarlas como las encuentras; es decir, abres y cierras al pasar, así una y otra vez. Como es lógico, la cantidad de peregrinos a pie que encuentras es considerable, lo que también obliga a ir despacio. Yo soy el único que lleva timbre en la bici, por lo que procuro ir delante, digamos, abriendo paso.Al poco de comenzar nos encontramos con unos chicos catalanes, eran Sonia, su marido Javi y su hermano Manolo. Fue curioso porque a pesar de que ellos no tenían ninguna prisa por llegar a Santiago, fuimos coincidiendo en muchas de las etapas y cuando no coincidíamos nos mandábamos mensajes por teléfono dando cuenta de dónde estábamos (un abrazo muy fuerte desde aquí a los tres). Hasta llegar a Pamplona pasamos por sitios como el Alto de Mesquíriz, Pasos de Roldán, Alto de Erro, Zubiri, a la vez que nos acompaña en buena parte del recorrido el río Urrobi. El camino va siempre cerca de la carretera, por lo que se tiene casi siempre una referencia clara por donde vas.
Era ya mediodía cuando comenzábamos
a entrar en Pamplona. Hasta aquí la calor no se hacía
apenas notar, pero ahora el sol calienta de lo lindo. Había
que reponer fuerzas y decidimos hacer unos bocadillos para comerlos
en el hermoso y céntrico parque que esta ciudad tiene,
todo un pulmón verde. A la sombra de un árbol y
provistos de bebida freca, nos dispusimos a dar buena cuenta
de las provisiones que compramos en una tienda: jamón,
queso, pan, fruta y bebida fresca.
Descansamos un par
de horas, a la vez que comentábamos el recorrido que habíamos
hecho y lo duro del mismo, así como del que nos faltaba.
No había que olvidar que era el primer día y ahora
teníamos que afrontar la temida subida al Alto del Perdón,
pues todos los que la habían subido decían que
era muy dura. A eso de las cuatro nos dispusimos a cruzar la
ciudad y de paso quisimos ir por el albergue para sellar nuestra
credencial. Poco a poco dejamos atrás Pamplona, Cizur
Menor, Zariquiegui y allí, delante, divisábamos
los molinos eólicos, señal de que el Alto del Perdón
estaba muy próximo. Iniciamos
la subida con fuertes rampas ya desde el principio y con un camino
poco apto para la bici. Pie a tierra y a empujar. Al poco de
empezar nos encontramos con un señor de mediana edad que
era de por aquellas tierras y que según él iba
a subir a pie con el fin de ver algún que otro posible
jabalí que, parece ser, que al atardecer solían
verse por los campos de trigo segados. Nos acompañó
un rato a la vez que nos dió ánimos para continuar,
indicándonos con detalle lo que nos falta por subir; mejor
no pensar en ello. Con mucho esfuerzo y con las fuerzas ya muy
justas llegamos a la cima donde ya nos esperaba desde hacía
un buen rato este señor. Nos hicimos las fotos de rigor
y después de tomar un poco de aliento, decidimos comenzar
el descenso.
Si mala fue la subida, la
bajada ya ni que decir. Hay como un kilómetro y medio
donde es todo piedra suelta y que bajar montado en bici es casi
un suicidio, amén de dejar allí hasta el último
tornillo. Aquí rompí uno de los tornillos que sujetan
el portabultos y al día siguiente pagaría las consecuencias.
Con nosotros bajaba una pareja joven en bici y sólo decíamos
que aquello parecía que nunca terminaría. Al fin
las piedras dieron paso a un camino ya transitable y muy cansados,
sólo pensábamos en llegar a Puente de la Reina
que era nuestro final de etapa. Eran ya casi las siete de la
tarde cuando llegábamos al albergue. ¡Sorpresa!
Ni un solo sitio. La hospitalera nos recomienda ir a otro que
hay al final del puente. Así lo hacemos; atravesamos el
puente y vemos el cartel que indica que a 300 mts. está
el albergue: ¡los 300 mts de subida! por una pista sin
asfaltar y de fuerte pendiente. Ya casi exhaustos llegamos al
albergue. Nos dieron litera y eso nos repuso fuerzas. A continuación
nos fuimos a la ducha y por supuesto a hacer la colada. Yo lavaba
la ropa de todos y los chicos se buscaban la vida para encontrar
dónde colgarla, con una pequeña cuerda que traíamos.
El hospitalero no avisa de que a las 22:00 se cierra el albergue
y se apagan las luces. A toda prisa nos dispusimos a ir al comedor
que tiene el propio albergue para cenar ya que después
del esfuerzo del día el hambre que tenemos es momumental.
Mientras esperamos para cenar, nos vienen a saludar Sonia, Javi
y Manolo. Acaban de llegar también y nos ponen los dientes
largos diciéndonos del buen baño que se tomaron
en las piscinas municipales de Pamplona.
Después de una sencilla cena, pero muy apetitosa, nos fuimos a descansar para intentar reponernos de este primer duro día. No recuerdo que hora era, pero, rápidamente nos quedamos dormidos profundamente, a pesar de todos los recuerdos que nos venían a la mente. El cansancio podía más. Son Las cinco de la mañana cuando me despierto sobresaltado. Tengo fuertes calambres en los muslos y el dolor es de lo más fuerte. Me acuerdo del amigo Perico Delgado cuando aconsejaba darse un pinchazo con una aguja en ellos para quitar ese dolor intenso. No tengo aguja a mano y espero. El dolor, poco a poco, va decreciendo y sin atreverme a mover ni un solo dedo, voy de nuevo quedándome dormido, mientras pienso que los años no perdonan y al cuerpo no se le puede exigir más de lo que buenamente puede dar.