Hemos dormido bien y hoy parece que mi cuerpo está en mejor forma; quizás sea que se va acostumbrando al duro esfuerzo que le exijo. No me quejo, creí que lo llevaría peor. Después de asearnos, sacamos nuestras bicis para afuera y metemos todo en las mochilas para emprender la marcha lo antes posible. Tenemos que buscar un cajero, antes de desayunar, ya que estamos sin fondos. A la salida encontramos uno y sacamos dinero, a la vez que paramos a efectuar el correspondiente desayuno. Antes nos habíamos despedido de nuestros amigos, que como siempre, esperábamos poder volver a verles al final del día.
Por bastante buenos caminos,
fuimos transitando en dirección a Logroño. Llevábamos
acumulado retraso en las etapas anteriores, según nuestros
planes previstos, por lo que no detuvimos nuestra marcha al cruzar esta
ciudad. En nuestro recorrido, y a la salida de Logroño,
nos encontramos con nuestra querida Felisa; señora octogenaria,
amiga de todo cuanto peregrino por allí transita, que
ofrece agua y fruta a quien lo desee, a la vez que nos estampa
su preciado sello donde reza "FELISA: Higos - Agua y Amor".
No muy lejos de allí, también nos encontramos con
otro ilustre del camino; este es Marcelino Lobato, que como él
nos decía, lleva 29 años haciendo el Camino acompañado
de un borrico. También nos ofrece fruta y el agua la tiene
manando, a su lado, de una hermosa fuente. Al igual que Felisa,
también tiene su propio sello; este dice: "MARCELINO
LOBATO: El Peregrino Riojano Pasante". Gente muy especial,
que cuando hablas un rato con ellos, denotan estar muy por encima
de todas esas cosas que nosotros creemos imprescindibles en nuestras
vidas. Con una paz muy especial infundida por estas personas
continuamos viaje. El sol calienta fuerte y nos ponemos un poco
de crema solar ya que nuestra piel comienza a sentirse duramente
castigada.
Llegamos a Navarrete, donde
paramos de nuevo a sellar nuestra credencial y a tomar algo fresco.
Quince minutos y de nuevo en marcha. Ya se acerca el mediodía
y necesitamos meter algo sólido al cuerpo. Pasamos por
un hermoso pueblo; creo recordar que su nombre era Ventosa, donde
nos encontramos con una fabulosa fuente que mana cuatro chorros
de agua que apetece quedarse a su lado todo el día ¡qué
maravilla!. Pues mira, ya que estamos aquí vamos a buscar
un sitio donde comer algo. Muy cerca, encontramos un pequeño
bar donde picamos un po
quito
de todo: tortilla, bacalao en salsa de tomate, pan y unas bebidas
frescas. Allí estuvimos más de una hora, lo que
supuso descanso y un gran placer en lo que degustamos. Bien,
es hora de partir de nuevo. Sigue haciendo mucha calor y aunque
no nos apetece mucho la idea de dar pedales, no nos queda otro
remedio si queremos llegar a Santo Domingo de la Calzada. Va
transcurriendo nuestro pedalear por caminos un tanto rompepiernas;
o sea, un poco de todo: subidas y bajadas, piedras, tierra....
y así, poco a poco nos fuimos acercando a Nájera,
luego Azofra, Cirueña y al final Santo Domingo. Nuestra
ilusión de haber llegado ya allí se desvaneció
cuando nos dijeron que no quedaba ni un solo sitio, y eso que
no eran más de las seis de la tarde. Bueno, ¿qué
le íbamos a hacer? Miramos nuestros apuntes y decidimos
continuar hasta el siguiente albergue, que no era otro que el
de Grañón; aún sin tener la certeza de lo
que nos encontraríamos allí. Llegamos a eso de
las siete. El pueblo es muy pequeño y nos dirigimos al
único bar que vemos. Tomamos un refresco a la vez que
le preguntamos por el albergue. Este estaba situado justo en
la iglesia; adosado a ella, y formando un único edificio.
¡Qué maravilla! Nos atendió una hospitalera
francesa, quien entre señas, algo de francés y
algo de español, nos fuimos entendiendo, lo suficiente
para acomodarnos. Una colchoneta en el suelo para cada uno y
la mar de bien. Nos fuimos a duchar y preguntamos si había
un sitio dónde hacer nuestra colada y colgarla. ¡Claro
que había sitio! Justo arriba del todo, lo que sería
cerca del campanario, donde asomaba una gran roca como si la
iglesia se hubiera construido formando parte de ella. ¡Qué
bonito!. Nos preguntábamos dónde podríamos
cenar y se nos ocurrió preguntar de nuevo a la hospitalera.
¿sabéis que nos contestó? Pues que allí
mismo, ya que entre ella y otra señora mayor, también
francesa, hacían todos los días la cena a los peregrinos
que allí se quedaban. ¡Qué detalle! Nos dijeron
que estuviéramos allí a las ocho y cuarto ya que
vendría a bendecir la mesa y a acompañarnos en
la cena el cura. Así fue. Con hora exacta, allí
nos encontrábamos sentados no más de veinte peregrinos,
como si de una familia se tratara. Después de bendecir
la mesa, se sentó con nosotros con quien charlamos amigablemente
a la vez que cenábamos todos juntos.
De cena: primero ensalada mixta,
luego lentejas y bacon frito y de postre melón. ¡Ah!,
aún faltaba un último detalle: el cura hizo que
nos sirvieran un preparado de hierbas compuesto de tila, manzanilla
y menta para que, según él, descansáramos
bien. Ya casi habíamos terminado, cuando aparecieron cinco
chicos que venían a pie y que no tendrían más
de 16 o 17 años. Había sobrado comida y cenaron
también. Lo del sitio ya estaba un poco más justo,
por lo que el cura les invitó a echar unas colchonetas
en el "coro" de la iglesia. Nos decía que siempre
preguntaba entre los peregrinos, si había alguien que
roncara, y los que contestaban que sí les mandaba a dormir
al coro; decía él, que así aprovechaban
mejor el sitio... ¡Inolvidable recuerdo! Con estos detalles
no me extraña que las personas que hacen el camino, quieran
repetirlo una y otra vez. Gracias Grañón por todo
lo que ofrecéis al peregrino, de forma desinteresada y
con tanto cariño. Antes de irnos a descansar, nos brindó
la ocasión de acompañarle con el fin de rezar una
oración por los peregrinos que allí habían
estado el día anterior, mencionando sus nombres, al igual
que haría con nosotros al día siguiente. A eso
de las once nos fuimos a descansar, y no sé si por el
preparado de hierbas, si por la paz que allí se respiraba,
el caso es que fue la noche que mejor descansé.