Pincha aquí para ir a la página principal (Atajo tecla 0)

El Camino de Santiago en bici por Jupimo y Cía

Menú:

- Relato Roncesvalles -

.:: Día 4. Tercera etapa: Viana - Grañón (70,83 kms) ::.

Hemos dormido bien y hoy parece que mi cuerpo está en mejor forma; quizás sea que se va acostumbrando al duro esfuerzo que le exijo. No me quejo, creí que lo llevaría peor. Después de asearnos, sacamos nuestras bicis para afuera y metemos todo en las mochilas para emprender la marcha lo antes posible. Tenemos que buscar un cajero, antes de desayunar, ya que estamos sin fondos. A la salida encontramos uno y sacamos dinero, a la vez que paramos a efectuar el correspondiente desayuno. Antes nos habíamos despedido de nuestros amigos, que como siempre, esperábamos poder volver a verles al final del día.

Por bastante buenos caminos, fuimos transitando en dirección a Logroño. Llevábamos acumulado retraso en las etapas anteriores, según nuestros planes previstos, por lo que no detuvimos nuestra marchFuente en el Caminoa al cruzar esta ciudad. En nuestro recorrido, y a la salida de Logroño, nos encontramos con nuestra querida Felisa; señora octogenaria, amiga de todo cuanto peregrino por allí transita, que ofrece agua y fruta a quien lo desee, a la vez que nos estampa su preciado sello donde reza "FELISA: Higos - Agua y Amor". No muy lejos de allí, también nos encontramos con otro ilustre del camino; este es Marcelino Lobato, que como él nos decía, lleva 29 años haciendo el Camino acompañado de un borrico. También nos ofrece fruta y el agua la tiene manando, a su lado, de una hermosa fuente. Al igual que Felisa, también tiene su propio sello; este dice: "MARCELINO LOBATO: El Peregrino Riojano Pasante". Gente muy especial, que cuando hablas un rato con ellos, denotan estar muy por encima de todas esas cosas que nosotros creemos imprescindibles en nuestras vidas. Con una paz muy especial infundida por estas personas continuamos viaje. El sol calienta fuerte y nos ponemos un poco de crema solar ya que nuestra piel comienza a sentirse duramente castigada.

Llegamos a Navarrete, donde paramos de nuevo a sellar nuestra credencial y a tomar algo fresco. Quince minutos y de nuevo en marcha. Ya se acerca el mediodía y necesitamos meter algo sólido al cuerpo. Pasamos por un hermoso pueblo; creo recordar que su nombre era Ventosa, donde nos encontramos con una fabulosa fuente que mana cuatro chorros de agua que apetece quedarse a su lado todo el día ¡qué maravilla!. Pues mira, ya que estamos aquí vamos a buscar un sitio donde comer algo. Muy cerca, encontramos un pequeño bar donde picamos un poCuriosas piedras puestas por los peregrinosquito de todo: tortilla, bacalao en salsa de tomate, pan y unas bebidas frescas. Allí estuvimos más de una hora, lo que supuso descanso y un gran placer en lo que degustamos. Bien, es hora de partir de nuevo. Sigue haciendo mucha calor y aunque no nos apetece mucho la idea de dar pedales, no nos queda otro remedio si queremos llegar a Santo Domingo de la Calzada. Va transcurriendo nuestro pedalear por caminos un tanto rompepiernas; o sea, un poco de todo: subidas y bajadas, piedras, tierra.... y así, poco a poco nos fuimos acercando a Nájera, luego Azofra, Cirueña y al final Santo Domingo. Nuestra ilusión de haber llegado ya allí se desvaneció cuando nos dijeron que no quedaba ni un solo sitio, y eso que no eran más de las seis de la tarde. Bueno, ¿qué le íbamos a hacer? Miramos nuestros apuntes y decidimos continuar hasta el siguiente albergue, que no era otro que el de Grañón; aún sin tener la certeza de lo que nos encontraríamos allí. Llegamos a eso de las siete. El pueblo es muy pequeño y nos dirigimos al único bar que vemos. Tomamos un refresco a la vez que le preguntamos por el albergue. Este estaba situado justo en la iglesia; adosado a ella, y formando un único edificio. ¡Qué maravilla! Nos atendió una hospitalera francesa, quien entre señas, algo de francés y algo de español, nos fuimos entendiendo, lo suficiente para acomodarnos. Una colchoneta en el suelo para cada uno y la mar de bien. Nos fuimos a duchar y preguntamos si había un sitio dónde hacer nuestra colada y colgarla. ¡Claro que había sitio! Justo arriba del todo, lo que sería cerca del campanario, donde asomaba una gran roca como si la iglesia se hubiera construido formando parte de ella. ¡Qué bonito!. Nos preguntábamos dónde podríamos cenar y se nos ocurrió preguntar de nuevo a la hospitalera. ¿sabéis que nos contestó? Pues que allí mismo, ya que entre ella y otra señora mayor, también francesa, hacían todos los días la cena a los peregrinos que allí se quedaban. ¡Qué detalle! Nos dijeron que estuviéramos allí a las ocho y cuarto ya que vendría a bendecir la mesa y a acompañarnos en la cena el cura. Así fue. Con hora exacta, allí nos encontrábamos sentados no más de veinte peregrinos, como si de una familia se tratara. Después de bendecir la mesa, se sentó con nosotros con quien charlamos amigablemente a la vez que cenábamos todos juntos. La Cruz de los ValientesDe cena: primero ensalada mixta, luego lentejas y bacon frito y de postre melón. ¡Ah!, aún faltaba un último detalle: el cura hizo que nos sirvieran un preparado de hierbas compuesto de tila, manzanilla y menta para que, según él, descansáramos bien. Ya casi habíamos terminado, cuando aparecieron cinco chicos que venían a pie y que no tendrían más de 16 o 17 años. Había sobrado comida y cenaron también. Lo del sitio ya estaba un poco más justo, por lo que el cura les invitó a echar unas colchonetas en el "coro" de la iglesia. Nos decía que siempre preguntaba entre los peregrinos, si había alguien que roncara, y los que contestaban que sí les mandaba a dormir al coro; decía él, que así aprovechaban mejor el sitio... ¡Inolvidable recuerdo! Con estos detalles no me extraña que las personas que hacen el camino, quieran repetirlo una y otra vez. Gracias Grañón por todo lo que ofrecéis al peregrino, de forma desinteresada y con tanto cariño. Antes de irnos a descansar, nos brindó la ocasión de acompañarle con el fin de rezar una oración por los peregrinos que allí habían estado el día anterior, mencionando sus nombres, al igual que haría con nosotros al día siguiente. A eso de las once nos fuimos a descansar, y no sé si por el preparado de hierbas, si por la paz que allí se respiraba, el caso es que fue la noche que mejor descansé.

» Ir a la siguiente página del relato