Elegía a Ramón Sijé
Poema XX. Pablo Neruda
Me gusta cuando callas. Pablo Neruda
Amor eterno. Adolfo Bécquer
Gacela de la terrible ... F. García Lorca
Elegía a Ramón Sijé. Miguel Hernández
La princesa está triste. Rubén Dario
Se equivocó la paloma. Rafael Alberti
Nanas de la cébolla. Miguel Hernández
Amor constante más allá ... F. de Quevedo
La canción del pirata. José Espronceda
Nota biográfica. Gloria Fuertes
Si el hombre pudiera decir. Luis Cernuda
Octubre. Juan Ramón Jiménez
Palabras para Julia.J. Agustín Goytisolo
A un olmo seco. Antonio Machado
Coplas a la muerte de ... Jorge Manrique
El remordimiento. Jorge Luis Borges
No volveré a ser joven. Jaime Gil de Biedma
Volverán las oscuras ... Gustavo A. Bécquer
Noche oscura. San Juan de la Cruz
Cuerpo en alba. Emilio Prados
Oriente. Manuel Machado
Canción de invierno. Juan Ramón Jiménez

Miguel Hernández

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería)


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.