Cómo acercarse a la Escritura:Visto que la lectio divina es un encuentro de amor personal y comunitario con el Señor ¿cómo se puede aprender en la práctica; cómo se puede uno adiestrar en esta forma de oración?
Ante todo con la sincera disposición a dejarse juzgar e iluminar por la palabra de Dios que nos hiere y nos cura la llaga; que elimina todo aquello que impide el encuentro con el Señor: el pecado situado en la mente (pensamientos de orgullo, de presunción...); en el corazón (sentimientos y deseos de egoísmo, de hipocresía, de impureza) y en el cuerpo (malos hábitos, intemperancia, pereza...). Es como acercarse a la zarza ardiendo; hay que descalzarse (Cf Ex 3, 5).
Es necesario tener una recta conciencia, estar reconciliados con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos; vivir realmente la comunión eclesial; mantenerse libres con respecto a las muchas presiones de la mentalidad del medio ambiente y de los ídolos de nuestro tiempo. Tenemos siempre necesidad de una enérgica limpieza para quitar la suciedad de lo mundano que, cada día, de diversas maneras, se deposita sobre nuestra conciencia haciéndola oscura e insensible.
Por tanto hay que procurar no dedicar tanto tiempo a determinadas lecturas o pasatiempos a fin de huir de la disipación. Es imposible escuchar la palabra de Dios, meditarla, asimilarla sin ponerse en un clima de silencio y de quietud interior. En resumen, se necesita humildad de mente y pureza de corazón
Ofrecerse a la Palabra para dejarse moldear:
Para dedicarse a la lectio divina es necesario, por tanto, ponerse ante la página sagrada con suma reverencia, como delante del rostro del Señor, y orar invocando al Espíritu Santo.
Decía Isaac de Nínive: "No hay que acercarse nunca a las palabras de los misterios que están en la Escritura sin orar y pedir la ayuda de Dios". (Isaac de Nínive: Discursos ascéticos; 73, Ed. Sápanos, pág. 288)
Es bueno adoptar una postura recogida, de escucha y adoración. La lectura del texto (mentalmente o en voz baja) debe hacerse lentamente, reiteradamente y con gran atención. La Palabra debe ser en cierto modo ingerida, comida, bebida, y luego rumiada, o sea meditada, a fin de que nos impregne y nos moldee interiormente a su imagen, a imagen del Verbo divino. Ella tiene efectivamente el poder de curar, purificar, unificar, iluminar, divinizar el alma humana y de introducirla en el seno de la Santísima Trinidad; pero actúa más eficazmente allí donde encuentra las disposiciones adecuadas.
Enviado por: A. Figueras Monfort