... en la constancia y en la paciencia.


Escuchar con sentido de fe y atención de amor la palabra, significa también saber aceptar con total sumisión la divina pedagogía, llegando a ser bien concientes que en verdad "sus pensamientos no son nuestros pensamientos, nuestros caminos no son los suyos" (Cf Is 55, 8)

Necesitamos aprender a esperar porque a menudo somos impacientes. La gracia tiene sus tiempos, sus estaciones. Querríamos ver de inmediato los resultados, recoger de repente los frutos y nos dejamos llevar fácilmente del desaliento y del cansancio. Por el contrario es precisa una perseverancia a toda prueba. Y este aguantar firmes es la paciencia es ya un fruto grande y precioso de la lectio.

El paso de la impaciencia a la paciencia marca nuestro cambio del apego a nosotros mismos a la sincera búsqueda de Dios por El mismo. Lo que importa es no dejar caer ninguna de las palabras que El nos dice, en la certeza de que, a su tiempo, cada una, se realizará, dará su fruto aún más allá de nuestras expectativas (Is 55, 10-11).

La semilla de la Palabra tiene también necesidad de encontrar la tierra buena de nuestro corazón. Samuel, después de haber escuchado por vez primera al Señor en el silencio de la noche en el templo "no dejó caer en el vacío una sola de sus palabras" (Cf 1 Sam 3, 1, 20). Precisamente por su absoluta fidelidad al Señor se convirtió para el pueblo de Israel en un punto de referencia más autorizado y seguro.

 
 
 
Enviado por: A. Figueras Monfort