La lectio divina y la vida litúrgicaLa Sagrada Escritura amada, meditada, comentada, orada y vivida por los Padres de la Iglesia y por generaciones de monjes, y de hombres santos, llega a nosotros en cierto modo acrecentada, cargada de todo el patrimonio que ella ha hecho fructificar en el corazón de aquellos que la han acogido; se ofrece a nosotros sobre todo por medio de la celebración de la Liturgia. Así los escritos de los Santos Padres y los textos litúrgicos (oraciones, prefacios, plegarias eucarísticas, etc.) son utilizados para la lectio divina. Sería una incongruencia dedicarse personalmente a la lectio divina descuidando los momentos de escucha comunitaria, la celebración del misterio de Cristo y de la historia de la salvación en la liturgia eucarística y en la liturgia de la Horas. Si la lectio divina no se acompaña de la vida sacramental y no nos hace crecer como Iglesia, como "koinonía", no nos hemos puesto a la escucha del Señor.
La lectio personal debe estar siempre unida con la vida litúrgica. Primero prepara al fiel para una participación fructífera en los sagrados misterios y luego prolonga su eficacia salvífica en el alma interiorizando el misterio celebrado. Durante la misa los fieles son convocados por la Palabra que primero escuchan y luego consumen bajo las especies eucarísticas. La lectio divina es, en definitiva, una forma de comunión con Dios que opera una sustancial transformación divinización del hombre. Modelo incomparable de atención y amorosa dedicación a la Palabra es la Virgen María. Criatura de silencio, María escucha, acoge al Verbo y se le entrega como lugar santo en el cual él se encarna.
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Para ilustrar lo dicho sobre la lectio divina tomemos el texto de Col 9b-11 que la Iglesia nos propone en las Vísperas del lunes de la primera semana del Salterio.
Dice así:"Conseguid un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría".
Enviado por: A. Figueras Monfort