Jesús Dios

Sin embargo, Jesús es también Dios, como el Padre, o sea perfecto en la divinidad. Desde siempre se han utilizado en la Iglesia procedimientos diversos para entender lo que significa, Jesús es Dios. Siguiendo sus huellas, también nosotros podemos atribuir a Jesús casi todo lo que la revelación enseña respecto al Padre. A Cristo se le pueden referir los atributos que el A.T. refiere al Dios de Israel: igual que Él, Jesús es santo, fiel, misericordioso, justo, providente y para expresar mejor el misterio de su identidad personal podemos utilizar también todos los títulos divinos que le atribuye el N.T., como Señor, Hijo de Dios, Logos, como así mismo todas las afirmaciones que, de un modo u otro, intentan ilustrar su dignidad divina al igual que las expresiones del concilio de Nicea "engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre". Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre.

Que Dios, permaneciendo tal, se haga hombre, es algo inefable y pasmoso. No es que el Verbo haya fingido ser hombre, que haya asumido forma humana apareciendo como si fuera hombre. Se ha hecho hombre: El Infinito ha hecho suyo el finito, el Perfecto se ha ligado para siempre a lo que es imperfecto. Este misterio es totalmente inalcanzable para el conocimiento del hombre. La encarnación constituye el vértice insuperable y el cumplimiento absoluto de la Hª de la salvación. Jesucristo es la palabra última y definitiva de Dios a la humanidad, el único mediador entre Dios y los hombres la fuente de toda salvación presente y futura.

Toda relación nueva con el otro, supone un mutuo enriquecimiento, aplicando análogamente estas precisiones a la encarnación, podemos afirmar que el Verbo al hacerse hombre no puede en absoluto adquirir una perfección cualquiera, se debe en cambio admitir que al encarnarse participó al hombre que había asumido la riqueza de su perfección infinita. Más aún; esta comunicación es tan radical que la realidad misma del otro, a saber "la humanidad asumida por el verbo, no preexiste a la encarnación, sino que comienza a existir justo en ella". (San Agustin)

En definitiva, el hacerse otro el Verbo habría que verlo como un cambio, pero no es un signo de imperfección, sino más bien el vértice mismo de la perfección.


 
 
 
Diplomatura Teología. I.C.R.S. San Agustín