La
ANUNCIACIÓN del SEÑOR
Is
7, 10-14; 8, 10
Sal 39
Hb 10,
4-10
Lc 1,
26-38
La Virgen María
creyó, y Dios se encarnó en ella.
La solemnidad de la Anunciación
del Señor la celebramos el día 25 de marzo. Es natural que se celebre exactamente nueve meses antes de su nacimiento, el día 25 de diciembre. La Anunciación del Señor se comenzó
a celebrar en el año 430 en el este y en el oeste se
ha celebrado desde el
siglo siete. Por un largo tiempo la Iglesia cambió
el nombre de esta fiesta a La Anunciación de la Santísima
Virgen María pero, últimamente, se ha retomado
el nombre original, La Anunciación del Señor.
En realidad, esta fiesta une y honra
a Jesús y a María, quien llega a ser la Madre
de Dios.
La Iglesia, en su riqueza litúrgica,
celebra esta solemnidad en conmemoración del salvífico
"fiat" de la Palabra Encarnada, el que al entrar
al mundo dijo: "Aquí estoy, Señor, para
hacer tu voluntad"(Heb.
10,5-7). No debe de sorprendernos
que la Santísima Virgen haya respondido en igual forma
al anuncio del ángel: "Yo
soy la sierva del Señor; hágase en mi lo que
has dicho" (Luc.
1,38). La fiesta conmemora el
comienzo de la redención y la unión indisoluble
y divina de la naturaleza humana y la divina en la persona
de Jesús.
Con relación a María,
el día 25 de marzo se celebra la fiesta de la Nueva
Eva, la virgen obediente y fiel que, con su generoso "Si-fiat", llegó a ser la Madre de Dios por obra del Espíritu
Santo y la Madre de los vivientes. Recibiendo
en su vientre al único Mediador, llegó a ser
verdadera Arca de la Nueva Alianza y verdadero templo de Dios.
La Iglesia celebra esta fiesta como
el momento culminante del diálogo salvífico
entre Dios y la persona humana y, también, como conmemoración
del consentimiento y cooperación libre de la Virgen
María en el plan redentor de Dios.
El misterio de la fiesta de la Encarnación
de la segunda Persona de la Trinidad en el vientre de la Virgen
María es el eje de la historia total de la raza humana: "La plenitud de los tiempos
ha llegado". Por su orgullo y desobediencia,
Adán pecó contra la voluntad de Dios. Quería
ser como Dios. En cambio, el Hijo Eterno
del Padre, como el "Nuevo Adán", ofrece
reparación tomando la naturaleza
humana para redimirla. La
humanidad, que mereció la muerte por la desobediencia
de Eva, se le da una nueva madre en María por su sumisión
y dedicación a la voluntad de Dios. Sólo después
de María haber aceptado las palabras del ángel,
se hizo realidad el gran misterio, el evento mayor de la historia
del mundo: "El Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros".
¿En qué forma podríamos
nosotros pronunciar nuestro "Si" para que Jesús se forme en nosotros? Aceptando las tareas y acontecimientos de nuestra vida diaria
con sus alegrías y tristezas, triunfos y fracasos. Aceptándonos tal como
somos y amándonos como nos ama Dios. Dando
gracias a Dios por tantas bendiciones que nos concede, aún
cuando no las reconocemos. Entregando al Señor
todos nuestros temores y abriéndonos a la obra del
Espíritu Santo en nuestras vidas.