Psicosíntesis terapéutica

Bertrand de Margerie S.J.

Se podría objetar a las consideraciones precedentes algunos pensamientos queridos a muchos liturgistas ante de Vaticano II: una piedad objetiva que pone en relieve la divina acción sacramental bastaría para la santificación, e indirectamente para la curación espiritual. Esta piedad objetiva haría largamente inútil la piedad subjetiva de las devociones, entre ellas el culto privado hacia el Corazón de Jesús.

Pío XII respondió con firmeza: sí, “Cristo nos salva cada día en los sacramentos, a través de ellos purifica sin cesar y consagra a Dios a toda la humanidad; es cierto que los sacramentos y el sacrificio de la Misa son actos de Cristo mismo que comunica la gracia divina a los miembros de su Cuerpo, pero éstos son cuerpos vivos, dotados de razón y de voluntad personal; aproximando sus labios a la fuente, deben apoderarse vitalmente del alimento, asimilarlo y apartar todo aquello que pudiera impedir su eficacia".

"Si alguien tiene sed, que venga a mí y que beba", decía Jesús prometiendo ríos de agua viva brotando de su Costado traspasado, al pedido de los Apóstoles y de sus sucesores, en el cáliz presentado por la Iglesia, siempre al final de la Cruz. Para beber, hay que tener sed e ir activamente, personalmente a Jesús. Nadie beberá si no comprende por qué debe beber y acercarse a Cristo crucificado, en la fe. Los actos de la piedad subjetiva, la mediación de las realidades sobrenaturales, el ejercicio de la inteligencia iluminada por la fe, se imponen con una “absoluta necesidad” a aquel que quiere crecer en las virtudes recibidas (inconscientemente) luego de su Bautismo. No hay curación rápida sobrenatural sin participación personal del enfermo en la terapia sacramental y “objetiva” llevada a cabo por Cristo.

Todo esto ya era cierto en el pasado, pero los es más todavía en el contexto de una civilización urbana, post-industrial. Cuando se presentan los momentos inevitables de crisis y de fuertes tentaciones, el cristiano, que busca oración litúrgica bella, no siempre la encuentra a su disposición en el momento de su elección.

Pero, siempre y en todas partes puede elevar una oración personal, reconocer , con la ayuda del Via Crucis o de los misterios del Rosario, el amor personal, divino y humano, espiritual y sensible, del Corazón de Jesús por él. Puede, de esta manera ejercer la indispensable perseverancia en la oración para volver a pasar de la “desolación” y de las tinieblas a las consoladoras luces de la fe, de la esperanza y de la caridad. En el misterio del Corazón de Cristo, su discípulo y adorador redescubre sin cesar que no es sólo objeto del amor del Salvador, sino también sujeto con Él, bajo Él de su acción salvífica. El culto al Corazón del Salvador ayuda, pues, a la persona humana a participar en la Providencia de ese Salvador sobre ella misma. Precisemos, una vez más, de qué manera.

Más que ningún otro símbolo, pero también en conjunto con muchos otros, que consolida y fortifica en su significación, el Corazón de Jesús, reconocido, amado, adorado, libera, canaliza, y domestica la energía psíquica, la energía de las pulsiones inferiores ofreciendo a la zona conciente de la persona y a la inconciente, un objeto digno de su atención, revelado supraconciente, que lo colma y lo eleva por encima de ella misma. El culto al corazón de Jesús “pone el acento sobre la vida interior, sobre la fe en el amor de Dios, presente a pesar de su aparente ausencia” y sobre la reparación sacramental, socialmente visible y eficaz.


 
 
 
Sagrado Corazón de Jesús. ACI-Prensa