El símbolo del Corazón de Jesús
carga y libera

En las sociedades en vía de desarrollo, grosso modo en el hemisferio sur, el culto del Corazón de Jesús corresponde a las tendencias religiosas espontáneas de muchos, preservándolas siempre de desviaciones sectarias muy amenazantes para ellas. Ayuda a luchar contra los peligros de la irracionalidad en materia religiosa. Contribuye a poner el psiquismo inferior al servicio del psiquismo superior y su conjunto al servicio del prójimo y Dios.

Por todos lados, el culto al Corazón de Jesús satisface a la vez las necesidades afectivas y racionales de la persona humana. Por una parte, ejerce las pasiones y las afecciones orientándolas hacia el fin último y sobrenatural en la caridad. Por otro lado, si la pastoral consiente a tener en cuenta la doctrina propuesta por Haurietis Aguas, da el más alto objeto posible al ejercicio de la razón, de la inteligencia y de la libertad: el Amor divino, el Amor creador, redentor y glorificador de las Tres Personas divinas para el género humano.

Inversamente, conviene destacar los dos peligros, inseparablemente pastorales y doctrinales, a los que está expuesta la presentación del misterio del Corazón de Jesús.

El de señalar y subrayar exclusivamente el simbolismo del Corazón relativo al amor sensible de Cristo, arriesgándose, así, a favorecer un culto superficial y sin profundidad con relación a él, y dejando olvidar que este amor sensible, y ese Corazón son los de una persona divina.

El peligro (ciertamente menos frecuente) de poner en tal relieve al amor divino increado, puramente espiritual que se calle el amor sensible, orientando hacia una religión que finalmente haría la abstracción de la Encarnación: delante de las masas inclinadas a pensar espontáneamente que “las abstracciones no tienen necesidad de corazón” siguiendo la célebre expresión de Rahner, se transformaría esta devoción en un culto elitista

En ambos casos, desaparecería el valor terapéutico de nuestro culto porque habría desparecido la psicosíntesis que le es esencial. En el segundo caso, se habría obligado que es irracional para el ser humano no ejercer su afectividad, y en el primer caso, que es todavía más irracional, pretender ejercerlo solo y sin asociarlo a un ejercicio de la inteligencia y la libertad.

Por el contrario, insistiendo en la naturaleza y en los efectos de la psicosíntesis inherente al culto implicadas en su ejercicio, se prepara mejor el terreno al despliegue de las gracias sacramentales de la Eucaristía, sacramento de la vía unitiva, en la que se recibe a Cristo indivisible y único, Persona divina, alma humana inmortal y beatificada, Sangre derramada y glorificada, Cuerpo resucitado para no morir jamás: “el remedio de la inmortalidad”, cuya gracia eleva cura y diviniza la naturaleza humana. ¿La Eucaristía no es síntesis objetiva operante – y de manera suprema en el contexto del culto al Corazón de Jesús – la psicosíntesis subjetiva, la psicoterapia directamente espiritual e indirectamente psicológica y corporal del comulgante?

Finalmente, la persona humana, herida por el demonio en el pecado original originante y originado, herido por ella misma por medio de sus propios pecados actuales, herida por los pecados ajenos, encuentra en las Llagas – por siempre glorificadas – de nuestro dios encarnado, y particularmente en la llaga de su Corazón traspasado y amante, la posibilidad de hacer la experiencia eucarística de la herida unificante e incurable del amor divino y de comenzar el camino hacia la curación definitiva de su Resurrección.


 
 
 
Sagrado Corazón de Jesús. ACI-Prensa